lunes, 17 de septiembre de 2007

En mitad del andén


La vio acercarse caminando por el andén. El corazón le dio un vuelco y estuvo tentada de darse media vuelta y desaparecer entre la gente.
“Puedo cambiar de tren”, pensó Esther mientras trataba de esconderse tras una de las columnas que separan los andenes.
Estaba sorprendida de verla después de tantos años, pero realmente no sabía si el corazón le latía en su garganta por la alegría de encontrarse con su amiga de toda la vida, o por la rabia de tantos años sin saber nada de ella.
Por un momento dudó que fuera Maite, su compañera de juegos, de confidencias, de amores conquistados a medias, de coartadas bien labradas para que su madre no supiera que salía con Ricardo… Intentó cerciorarse que aquella mujer cargada de paquetes era su inseparable compañera con la que se juró ser amigas para siempre.
Intentó mirarla sin que la viera. Se puso a leer el luminoso anunciando que el próximo tren con destino al Escoria,l no efectuaría parada en ninguna de sus estaciones, mientras de reojo fijaba su vista en aquella cara inconfundible. Sin duda era Maite. Sus coloretes naturales, su pelo rizado en miles de anillos, y sus pechos exuberantes seguían siendo los mismos.
“Un poco más grandes y más caídos. Es lo que tienen los pechos grandes”, pensó Esther no sin cierto regocijo íntimo por ver los mismos signos del paso del tiempo que veía en ella cada mañana.
Hubiera deseado seguir inspeccionando el aspecto de su amiga para poderlo comparar con el suyo, pero de pronto, vio cómo una mano rodada de bolsas ascendía por encima de todos, a la vez que escuchaba gritar su nombre.
-¡Esther, Esther!-Gritaba Maite sin ningún pudor y sin dejar de correr hacia su amiga cargada con todos los paquetes moviéndose de un lado a otro y haciendo que los pasajeros se retiraran para dejarla paso si no querían que una de aquellas bolsas, vete tú a saber cargadas de qué, les causara algún que otro moratón.
La cara de Maite era el verdadero reflejo de la ilusión. Su enorme sonrisa resaltaba sus mofletes de ese color rojo natural y dejaba a la vista su preciosa dentadura. Esther en cambio, se quedó plantada en el mismo sitio donde había sido descubierta y lo único que consiguió fue esbozar una sonrisa que apenas si consiguió que sus labios se curvaran.
Cuando Maite llegó junto a su amiga de toda la vida, la abrazó cubriendo el pequeño cuerpo de Esther que desapareció entre sus brazos.
“¿A qué viene tanta alegría?”, se preguntaba Esther mientras intentaba zafarse de aquel abrazo sin que se notara su incomodidad.
“Ha tenido doce años para hacer una llamada. Una simple llamada, y ahora se deshace en un abrazo como si no hubiera pasado el tiempo. O lo que es peor, un abrazo como si quisiera recuperar los doce años en mitad de un andén lleno de gente.”
Esther no podía dejar de pensar en los años que había estado esperando que respondiera a sus llamadas. La había echado de menos en muchas ocasiones y ahora su abrazo la dejaba impávida. Sin embargo tuvo que hacer un esfuerzo para tragarse las lágrimas que empezaban a asomar a sus ojos. Por nada del mundo permitiría que Maite la viera llorar.
-¡Cuánto tiempo sin verte Esther! ¡Dios mío estás igual que siempre! Ni un gramo ¿eh? ¿Cómo se hace eso? –Y se separó de ella unos centímetros para observarla de arriba abajo sin dejar de sonreír.
-Sí mucho tiempo, Maite, mucho. –La voz de Esther sonó cortante, carente de toda emoción, a la vez que se esforzaba por mantener las lágrimas dentro de sus profundos ojos verdes.
Maite pareció reconocer en su amiga ese tono de reproche y esa tristeza que se dibujaba en sus ojos cuando era incapaz de hablar fluido.
-La verdad es que he querido llamarte muchas veces, pero me marché a vivir a Francia unos años y cuando regresé no sabía si seguirías viviendo en el mismo sitio.
-Ya. Pues sí, sigo viviendo donde siempre.
-Bueno, ¿y qué es de tu vida? –El tono de Maite se hizo tan distante como el de Esther. De repente su efusivo abrazo pareció hacerse cenizas en medio de las dos mujeres.
-¿Mi vida? En mi vida han ocurrido demasiadas cosas como para contártelas en mitad de un andén. Supongo que como en la tuya.
-Sí, en la mía también. –Respondió Maite. Y ahora fueron sus ojos los que parecieron llenarse de lágrimas.
Los altavoces anunciaron la llegada del tren con destino al Escorial:
“Se informa a los señores pasajeros que el próximo tren con destino al Escorial no efectuará parada en ninguna de sus estaciones”
-Yo voy al Escorial. –Dijo Maite en un tono que parecía una disculpa.
-Bien, yo sigo viviendo en el mismo sitio.
El tren con su silbido ahogó las despedidas de las dos amigas. Maite subió al tren cargada con sus paquetes y se quedó en la misma puerta mirando por las ventanillas a su querida amiga.
-Te llamaré. -Intentó vocalizar Maite para que su amiga la viera.
-Te llamaré. –Se repitió a sí misma mientras su gran sonrisa se convertía en un llanto que dejaba salir sin pudor alguno, tal y como había dejado salir toda su alegría.
Esther se quedó allí parada, mirando a su amiga, a la que había sido su mejor amiga, la única, la más querida, en la que había confiado plenamente, y se preguntaba si después de doce años sin verse sería posible recuperarla. Sin pensarlo le lanzó un beso.
-Te quiero. –Las palabras se escaparon de su boca en mitad de una sonrisa que apenas si curvaban sus labios. Pero el tren ya había partido.

martes, 28 de agosto de 2007

El beso


La noche había caído hacía horas. A penas asomaba un filo de luna en el cielo. Encendió las luces de la piscina y se tumbó en la hamaca a esperarle. Escuchó sus pasos firmes en el hall. Pudo imaginarlo vaciándose los bolsillos. La cartera, el llavero, el móvil, las gafas. Pudo verle aflojándose el nudo de la corbata mientras se dirigía al jardín. Observó cómo lo deshacía completamente y le resultó aún más atractivo con ella colgando de su cuello. En la radio sonaba Elvis. Le recibió ofreciéndole una copa de vino que había elegido cuidadosamente de la bodega. Brindaron. El cristal sonó con la melodía “I was the one”. Él le ofreció su mano invitándola a bailar. Hacía tiempo que no bailaban y se estremeció entre sus brazos aspirando una vez más su aroma. Cerró los ojos y se dejó llevar. Olía a él. Le escuchó pronunciar su nombre muy cerca de su oído con esa voz grave, sonora, cálida. Escuchó cómo vibraba cada letra en sus cuerdas vocales y sintió que se le aflojaban las rodillas. Hacía un calor sofocante y él fue bajando los tirantes de su vestido hasta que calló al suelo. Ella desabrochó su camisa lentamente besando su torso en cada palmo que los botones dejaban al descubierto. Desnudos los dos, se zambulleron en el agua y disfrutaron como hacía tiempo.
Las últimas notas de Elvis dieron paso a las señales acústicas de la hora. Sorbió un largo trago del “Cune” que con tanto esmero había escogido y escuchó cómo aquél hombre al que tanto amaba, le daba las buenas noches con un beso en la frente. Después le vio alejarse mientras se deshacía el nudo de la corbata bostezando camino al dormitorio.
Terminó de beberse la botella gran reserva guardada tantos años para una ocasión especial, y después se zambulló en el agua completamente ebria. La música de Elvis volvió a sonar.

sábado, 18 de agosto de 2007

La otra orilla

A penas un hilo de luna brillaba en el cielo. Era una noche fría. El viento soplaba sin ninguna misericordia. La oscuridad se cernía sobre nuestras cabezas. Siempre he temido a la oscuridad, sin embargo esa noche, me sentía agradecida. Sentía que me protegía, que por primera vez, era mi aliada y no mi enemiga. Envueltos en su negrura, cruzábamos el trecho de agua que nos alejaba de la muerte segura.
Nuestra barca avanzaba meciéndose amenazadoramente. No nos atrevíamos casi a respirar, como si conteniendo el aliento fuéramos a pesar menos, y pudiéramos cambiar así, la suerte de nuestro destino. Apretados unos contra otros, rezábamos cada uno en nuestro idioma. Frotábamos nuestros cuerpos para ahuyentar el maldito frío que se empeñaba en helarnos la sangre. El miedo brillaba en los ojos. ¡Nunca creí que el viaje fuera a ser tan largo!
Ya no nos quedaba agua. Nuestros labios resecos ya no tiritaban siquiera. Algunas mujeres dormían desmayadas. La ansiedad por llegar palpitaba en cada uno de nuestros corazones.
La costa debía aparecer ante nosotros antes del amanecer. Según los cálculos, tendríamos tiempo de desembarcar y alejarnos de las patrullas costeras. Ahora la pregunta era: ¿Tendríamos fuerzas? Por un momento tuve la sensación de que mas que alejarnos de la muerte segura, me había lanzado a ella.

viernes, 10 de agosto de 2007

El bunker



Cuando su padre la encerró en el bunker, el mundo parecía que fuera a acabarse. Recuerda el cielo negro y la tierra retumbando. Es lo último que pudo ver antes de quedar a salvo de una destrucción que parecía inminente. Esperó a sus padres durante días. Pero el bunker no volvió a abrirse.
Tenía víveres suficientes para toda la vida. O eso le pareció. Los primeros días apenas sintió hambre. Ni siquiera sed. Miraba absorta aquella puerta que se cerró con la promesa de abrirse en unas horas. Pero nadie la abrió.
Recordó la historia de Robinson, uno de los primeros libros que leyó. Comenzó entonces a tachar los cuadraditos de un calendario que su madre había colgado de la pared. No estaba muy segura del tiempo que había transcurrido cuando hizo la primera marca, pero se aseguró de mirar el reloj a partir de la primera cruz.
Ahí abajo no se oía nada. Odió el silencio, tanto como odió el ruido ensordecedor de las bombas que caían sin cesar la noche en la que su padre decidió ponerla a salvo.
Encendió el ordenador y conectó su correo. Ninguno de sus amigos estaba conectado. Comenzó a escribir S.O.S. a todos sus agregados. Nada.
Al cabo de dos meses, recibió un e-mail de una nueva dirección. Aunque no era su costumbre hablar con desconocidos, aceptó la invitación y volvió a escribir un S.O.S. desesperado. No hubo respuesta. Escribió entonces una larga carta explicando su situación. Explicó al desconocido cómo había llegado a esa situación y todos los por qués que se le ocurrieron. Cada día enviaba un mensaje contando un poco más de cómo vivía encerrada en su bunker y el miedo a quedarse para siempre encerrada. Casi tanto miedo como le daba salir de allí. No podía imaginar qué se encontraría. Sólo sabía que el cielo se oscureció y la tierra tembló la noche que su padre la escondió en el bunker de su casa. Armándose de valor le dio las directrices exactas de su ubicación. Tenía la esperanza de que la rescataran. Quien fuera el que la agregó a su círculo, desapareció sin más. Luna, el nombre que ella misma se había asignado en su correo, siguió intentando conmover a la única señal de vida que había recibido. Una señal que no sabía de dónde provenía. Tal vez fuera un simple niño jugando o quizá quien envió la señal estaba prisionero como ella, o quizá él había conseguido salir y se había olvidado de ella. Tal vez incluso ni hubiera leído siquiera sus mensajes. Pero Luna siguió escribiendo y contándole lo sola y temerosa que se sentía en ese bunker concebido para salvarla, y que ahora parecía que fuera su tumba.
Luna siguió escribiendo durante meses. Ya no esperaba respuesta, tan solo le ayudaba a mantener activa su mente. Le contaba a la señal todo cuanto pasaba por su cabeza. Cuando ya no esperaba que la respondiera, apareció de nuevo. La señal se disculpó por no poder hacer nada por ella. También ella estaba prisionera en algún lugar. No decía dónde. Luna imaginó toda clase de posibilidades. Le preguntaba de dónde era, si estaba como ella encerrada en algún otro bunker sin poder salir. Nada. La señal tardaba días y días en conectarse y cuando lo hacía, sólo escribía S.O.S. Luna pasó de sentirse la única víctima, a pensar en la señal como alguien a quien tenía que ayudar.
Una noche escuchó los candados del bunker. Contuvo la respiración. Ya no estaba segura de querer salir de allí. Tenía demasiado miedo a que el mundo que había conocido hasta entonces hubiera desaparecido. Quizá sus padres ya no estuvieran en él. Quizá sus amigos hubieran desaparecido. Quizá el cielo estuviera más negro. Escuchó las puertas impactando contra el suelo y oyó la voz de una mujer preguntando:
-¿Laura, estás ahí?
No era la voz de su madre ni ninguna otra voz conocida, pero sabía su nombre.
Luna salió de allí entre sollozos. Pensó en la señal y en cómo conseguiría encontrarla. Ella estaba ya a salvo. El cielo volvía a ser azul y la tierra había cesado de moverse. Pero sus padres no volverían. En su ausencia habían perecido sus seres más queridos. No había rastro de su casa, ni de los árboles que la rodeaban. Tampoco estaba en pie el que un día fuera su colegio ni las casas de sus amigos. Por un momento se sintió más sola que en el bunker.
El mundo había cambiado en apenas unos meses. Ya nada sería igual, pero ella estaba viva de nuevo. Pensó en la señal como en algo lejano, y quiso convencerse que también ella podría haber sobrevivido.

Mi pompa de jabón

Es mi sueño de futuro en mi presente. Es la burbuja en el aire que cuando la vas a coger explota. Estoy a punto de ir a por ella. La soplo, la hago subir y bajar, la veo volando en el aire. Cerca de mí, muy cerca. Parece que nos miramos. Me sonríe como diciendo: “ven a por mí, deja de jugar conmigo y cógeme.” Y cuando voy a extender mi mano en el aire, me da miedo ir a por ella, y vuelvo a mirarla al viento. Me llama como los cantos de sirena. Pongo mi mano bajo ella y la sigo en sus movimientos, sin tocarla, sin rozarla siquiera, pero cerca, muy cerca. Y empezamos a volar juntos. Mi cuerpo entero la sigue. Sigue a mi mano, y ella me mira, mi burbuja, mi pompa de jabón. Acaricio su contorno suavemente y parece que se estremece. Quiero entonces meterme dentro. Quiero ser una pompa de jabón fundiéndome con ese aire caliente y oloroso que desprende. Entonces ella me absorbe y desaparecemos en un mismo instante.


jueves, 9 de agosto de 2007

Una carrera contra la vida





Salí a correr como cada tarde. Metida en mis deportivas crucé de mala gana las calles que me separan del circuito. Cogí el ritmo tan pronto como pisé la entrada del Paseo de los Chopos. Por delante me esperaban los seis kilómetros que era capaz de hacer respirando. Era la mejor hora del día. El sol caía y se colaba entre las ramas de los árboles. Las nubes amenazaban a una parte del cielo, y un azul intenso contrastaba con la luz roja del atardecer.
“Correr sin pensar en nada”. Ésa era la frase que me repetía para lograr dejar mi mente en blanco. Una brisa cálida de primavera parecía querer acompañar mi carrera, pero mi gesto huraño la espantó. Quería sentir su roce sobre mi cara aunque olvidaba que tengo el poder de ahuyentar todo lo bueno que me rodea. Aceleré el paso para desafiar su tibio aire soplando, y tan pronto como se alejó de mí, empecé a echar de menos no haber dejado que mi rostro disfrutara del placer de su caricia.
“No pienses en nada”. Seguía repitiéndome la frase para que ningún otro pensamiento se instalara en mi cabeza. Por un momento la brisa me entretuvo, y sin mirar a nadie seguí adelante en mi paseo. Podía escuchar cómo se acercaban por mi espalda los corredores más expertos y al instante me rebasaban dejándome atrás con sus zancadas. Por su respiración era capaz de adivinar si se trataba de su primera, su segunda o su tercera vuelta. Algunos corrían el circuito tres veces antes de que yo fuera capaz de dar una sola vuelta.
Entré con varios minutos de adelanto en el “Paseo de los Plátanos”. No miré el cronómetro. Nunca lo llevo. Quizá es lo único que no cronometro en mi vida. Salgo a correr y aunque siempre es el mismo camino, es el único camino que hago sin pensar. Mi corazón iba más acelerado que de costumbre. Noté mis músculos tensos y fatigados, y mi ánimo a punto de derrumbarse y paralizar la carrera. Hubiera deseado dejarme caer allí mismo, en mitad de la tierra, y ponerme a llorar sin ninguna contemplación y sin tener que realizar ningún esfuerzo más. Me hubiera gustado llorar a gritos y que el paseo fuera solo mío, que nadie se cruzara en mi sendero, que nadie pudiera verme.
Como cada tarde, me esforcé en concentrar toda la energía en mis piernas. Una debía adelantar a la otra sin ningún otro cometido. Era la terapia que me había auto-impuesto para conseguir vaciar mi cabeza de todos los malos presagios que la taladraban sin piedad.
No quería pensar en mis hijos creciendo sin mi permiso. No quería pensar en lo dulce que era arroparlos cada noche, y lo difícil que me resulta acostumbrarme a su nueva voz, a su barba incipiente, a sus protestas diarias por la hora de volver a casa, por las peleas interminables para conseguir que estudien. No quería pensar en lo deprisa que ha pasado el tiempo, sin que me haya dado tiempo a vivir lo que estaba previsto que viviera. Lo había cronometrado todo a la perfección y ahora las marcas no cuadraban. Sin querer, sin poder, y a mi pesar, una agria sonrisa se dibujó en mi cara rompiendo mi débil concentración. Todavía sonreía, mientras respiraba ya con dificultad. Había dejado de tener mi mente en blanco y la ocupaba todo tipo de recuerdos y de frases sabias que suelo coleccionar.
Yo inventaba nuestro futuro. Lo adornaba con todo lujo de detalles. Creo que no faltaba un solo minuto, que no fuera capaz de imaginarlo a todo color. Por supuesto en mis sueños no era necesario maldecir para conseguir que Jaime se lavara los dientes, ni perseguir a Alejandro para que apagara la play-stasion y se metiera en la cama de una vez, ni tampoco eran necesarias las amenazas para conseguir un aprobado.
En realidad mi presente lo llenaba diseñando un futuro que nunca ha llegado en el tiempo y forma que lo diseñé. Ha llegado en tiempo de presente y en la forma en la que mi marido siempre dijo que llegaría. “De todo lo que imagines que pueda suceder, sucederá aquello que nunca has imaginado”. Y así ha sido.
Mi último tramo era el “Camino de la Abujeta”. Ahora que lo pienso, supongo que los dueños de este pueblo le pondrían el nombre porque al llegar aquí, empiezan a dolerte esas partes del cuerpo que no estás acostumbrado a mover. Lo de la “b” supongo también, que es propio de los primeros dueños del pueblo, hace ya muchos años. Creo que a medida que bulle mi cabeza, se ralentiza mi cuerpo. Trato de conseguir no pensar de nuevo en nada para dirigir toda mi energía a esas piernas que parecen de plomo. Por unos instantes logro un sprint y mi mente vuelve a dejar descansar a mi corazón. Definitivamente me cansa más pensar que correr.
Intento armonizar mi respiración. Voy jadeando y necesito una dosis extra de oxígeno. Por fin logro que entre aire hasta mis pulmones. Quiero sonreír. Quiero disfrutar de este último tramo de carrera. Quiero sentir la brisa en mi cara. Quiero saludar, aunque sea con un leve movimiento de cabeza, a los que se cruzan conmigo cada tarde. Quiero dejar de imaginar la vida y vivirla. Quiero mirar a mis hijos y felicitarles por estar donde están, y arrancar, de una vez por todas, esas marcas que no son suyas. Acostumbrarme a sus voces y dejarles que se tropiecen ellos solitos sin lanzarme como una loca a quitarles los obstáculos del camino. Quiero dejarme acariciar los nuevos pliegues de mi piel sintiendo el deseo. Quiero pensar en mi padre cuando me montaba en sus hombros y sonreír, quiero seguir haciendo clientes nuevos y volver a ser la imbatible vendedora de pisos. Mi carrera me ha enseñado que cada día puedo llegar un poco más lejos. Hoy he superado mi propia marca y esa es la única que cuenta.
Exhausta, emprendo el camino de vuelta a casa. Me apoyo sobre mis rodillas un momento para asegurarme que puedo con todo lo que llevo. Poco a poco enderezo mi espalda. Estiro todo mi cuerpo, y miro al cielo antes de salir del “Paseo de los Chopos”. Por alguna razón me parece diferente cuando lo miro desde aquí. Las nubes han cambiado de color. Ya no resultan tan amenazantes. Parece como si el poder del sol se cerniera sobre el azul intenso y su mezcla resulta verdaderamente gloriosa. No hay nada tan hermoso en este instante como fundirme con este cielo mientras dejo que la brisa acaricie mi cara.





sábado, 4 de agosto de 2007

Mi última despedida



He venido a traerte las flores que nunca te regalé. Ni siquiera tuve tiempo de despedirme. Te fuiste sin decirme adiós. Te fuiste a los veinte. Te fuiste sin vivir el tiempo necesario para descubrir cuánto te amaba. Serás para siempre ese hombre a medio camino, que se equivocó de dirección y no tuvo tiempo de rectificar.
Aquel taxista no te dio ninguna oportunidad. Supe que caíste al suelo mientras intentabas levantar tu brazo para parar un coche compasivo. Pero los coches no entienden de compasión. Si yo hubiera pasado por allí, tal vez estarías vivo. A mí no me asustaba tu aspecto, pero llevabas escrita tu adicción en cada movimiento de tu cuerpo. Las manos hundidas en los bolsillos y la cabeza hundida en el cuello de la cazadora. Alto, delgado, moreno. Muy moreno y muy delgado. Tus ojos negros, muy negros. Cuando miro tu foto, todavía puedo verlos llenos de vida. Tenías doce años cuando te la robé. Registré tu cartera una tarde que volvías del colegio y la lanzaste al sofá de tu casa donde te esperaba, mientras disimulaba jugando con tu hermana. Estaba allí por ti. Esperando. Siempre esperando verte entrar. Eras como una ráfaga de viento que viene y se va. Escondí la fotografía en mi bolsillo, como si supiera que fuera a ser lo único que podría conseguir de ti. Y así fue. No decías ni hola. Cogías el bocadillo que tu madre nos preparaba para merendar y te ibas otra vez a la calle.
Mientras tu hermana y yo crecíamos jugando a las casitas, estudiando las reglas de ortografía, haciendo problemas de matemáticas y pintando corazones verdes con tu nombre y el mío, tú te ibas muriendo un poco cada día. Tus ojos negros se apagaban. Su brillo dejó paso a esa mirada esquiva que tanto me dolía. Ahora sé que no me esquivabas a mí. He visto esa mirada en muchos drogadictos desde entonces. Pero tú fuiste el primero. En tu casa siempre había demasiada gente para reparar en tu ausencia. Sólo yo te observaba desde mi ventana. Conocía tu secreto y no sé si por temor, o porque no quería que me vieras como una niña mojigata, no me atreví a contarlo. Te veía cada tarde subiendo al cerro con la peor gente del barrio. Tal vez, gente tan perdida como tú en la soledad del fracaso, la ignorancia de la niñez y la imprudencia de la juventud. Te amé en secreto muchos más años de los que duró tu adicción. Una tarde me salvaste de tus propias fechorías. Querían robarme el bolso en una de esos rincones peligrosos que había en cada esquina de la barriada. Ya no éramos dos niños jugando al gato y al ratón. Yo había renunciado a tu amor, pero no al mío. Espantaste a aquellos compañeros tuyos sin atreverte a mirarme. Pero yo te vi. Eras prisionero de la muerte y tuve la certeza de que eras el próximo candidato. Me rodearon entre cuatro y me arrancaron el bolso del hombro. No me atreví a decir ni una palabra. Me quedé inmóvil. Entonces saliste de detrás de un muro y con un sólo silbido, los cuatro volvieron la mirada hacia ti. Levantaste tu mano en un gesto que parecía decir que te siguieran y sin mediar palabra lanzaron el bolso a mis pies y se dieron media vuelta. Tu cabeza volvió a hundirse en el cuello de tu cazadora. No levantaste la mirada ni una sola vez. No te hizo falta. Bastó un chistido para que los de tu banda se retiraran. Ahora debías ser el jefe. Eso pensé. Y me di cuenta que habían pasado varios años desde que hacías pellas en sexto de primaria. Estabas más delgado que nunca, y tu caminar era lento y pesado. Cuando te obedecieron, diste media vuelta contoneando tu cintura, y con la misma indiferencia con la que siempre me trataste, no te dignaste a volverte. Supongo que tampoco te quedaba dignidad. Me hubiera lanzado a tus brazos para salvarte. Para cogerte por la pechera y sacudirte hasta que alguno de los dos despertáramos de ese mal sueño. Ya no temía ser la niña mimada que corre en busca de su mamá para contarle lo que hace el vecino. Temía por tu vida y quizá por la mía. Ese mismo día a la vuelta del trabajo, subí a tu casa para hablar con tu madre. Tu hermana y yo ya no jugábamos a las muñecas. Esa mujer de luto eterno no podía creer lo que la estaba contando. Su precioso niño de ojos negros y el más guapo entre los guapos y el más bueno entre los buenos, no podía estar en el cerro jugando a ser Dios. Pero esa noche, subió las mangas de tu camisa. A penas quedaba sitio para otro pico. Llenos los dos brazos, te revolviste contra ella con la furia y la fuerza que otorga el veneno. La lanzaste contra la pared y le robaste todo el dinero y las joyas que le quedaban. Había visto llorar muchas veces a tu madre. Tampoco ella tuvo demasiada suerte en la vida. Tu hermana enfermó de esa dolencia que deja el virus de la meningitis y tu padre la dejó sola con todo su dolor. También lloró esa muerte. Pero llorar por tu vida fue el llanto más amargo que recuerdo de ella. Tu familia se unió a tu alrededor y por fin te diste cuenta que había gente que te quería de verdad. La droga corría por tus venas y antes de poder entrar en la granja de la salvación, te operaron del corazón. Un corazón de veinte años contaminado por las secuelas que fue dejándote cada jeringuilla, y aún así aguantó la embestida. Pasaron dos años más hasta que aprendiste el oficio de jardinero. Tu cuerpo volvía a recuperar sus medidas. Era un cuerpo diseñado para triunfar y truncado por el destino.
Cruzábamos en la escalera nuestras vidas por un instante. Un instante que duraba el sueño de haber podido tenerte. El sueño de haber podido evitar tu desgracia. Ya no ibas y venías como el viento. Caminabas como si arrastraras muchos más años de los que tenías. Como si te pesara el dolor causado, los recuerdo enterrados y no olvidados. Cuando se te escapaba una mirada de soslayo en los nuevos saludos que comenzábamos a ofrecernos, yo intentaba esquivarla para no volver a enamorarme. Luchabas sin descanso día tras día para ganar la batalla y que tu voluntad no se quebrara. Los amigos de las drogas no pueden ser amigos mas que del polvo, y te quedaste solo. Hubiera deseado ser tu amiga. Hubiera querido hablarte de cuánto te amaba. Hubiera querido decirte lo feliz que me hacía verte de nuevo, dueño del mundo del que nunca debiste salir. Pero no hice nada, excepto amarte en un silencio eterno.
Justo cuando buscabas en la dirección correcta un lugar en ese nuevo mundo desconocido, lo peor que hay en él, te lo encontraste tú de nuevo. Ninguno de los salvos, se atrevió a socorrer tu vida en una calle vacía. Asustados por perder la suya, te dejaron tendido en el asfalto, mientras tu corazón latía cada vez más y más despacio, hasta que se paró para siempre.
Me enteré de tu muerte cuando fui a visitar a tu madre con mi niño recién nacido. Su color negro, era más negro aún, y en sus ojos parecidos a los tuyos, ya no brillaba la esperanza. Mi presencia la dolía como si el niño que llevaba entre mis brazos tuviera que ser el tuyo y el mío. Salí de tu casa sintiendo la asfixia de tu corazón. Me faltaba el aire, y creo que respiré porque el llanto de mi hijo me recordó que él estaba vivo y era el momento de abrazarle para que nunca se sintiera tan solo como debiste sentirte tú en aquella calle vacía. Todavía conservo tu foto de doce años, llena de vida, llena de esperanza.
Ahora me dedico a dar charlas a niños de doce años para prevenir el consumo de drogas. Cuando acabo la clase teórica, les cuento la historia de dos niños que se querían mucho y no pudieron llegar a casarse porque la heroína se interpuso en su camino.
Adiós mi amor. Descansa en paz.