lunes, 26 de noviembre de 2007

La farola y la luna


Me desperté en mi cuarto. Estaba medio oscuro. Las persianas dejaban pasar apenas unos hilos de luz que se colaban de la farola que hay justo pegando a mi ventana. Cerradas a cal y canto para que el ruido del camión de la basura no me despierte a las tres de la mañana ni se cuelen los mosquitos atraídos por la luz. La puerta también estaba cerrada. Mi compañera de piso no es muy delicada cuando se levanta a hacer sus necesidades en mitad de la noche. La pobre padece incontinencia. Abrí los ojos sólo un poco, como cuando miras por entre los dedos una película de miedo. En realidad no era hora de despertarme. El despertador todavía no había sonado, pero el calor era insoportable. Sudaba por todas partes y aún así la sábana me cubría hasta las cejas. Hubiera querido librarme de ella de una patada, pero sentía un miedo inexplicable. De repente no estaba muy segura de que aquél fuera mi cuarto. Es como si estuviera soñando. Como si me hubiera despertado en el cuarto de otra persona siendo yo esa otra persona. Lo último que recordaba era una habitación con la claridad de la luna llena entrando por un balconcito a medio abrir y unos visillos meciéndose con la brisa del mar. Inspiré hondo. Un olor a mar y aromas de buganvillas, azahar y magnolias llenó mi olfato por completo. Estaba medio desnuda y podía sentir la sábana rozando mi pecho. Quise ir hasta el balcón para mirar la luna y contemplar el mar. Lo hacía cada madrugada. Me envolvía con un chal que me llegaba hasta los pies y me sentaba en el sillón de mimbre que había colocado justo ante el ventanal. Pero el miedo me tenía paralizada. No estaba muy segura si me encontraría con la farola o con la luna. Volví a cerrar los ojos y me sumergí en un mar de olores llenos de sal, buganvillas, azahar y magnolias.

Declaración de intenciones

Una amiga, cuyo blog es digno de leer y que está en mis favoritos, me invitó a hacer un meme sobre las ocho cosas que me gustaría llevar a cabo antes de morir. No sé si seré capaz de encuadrarlas en un número. ¡Son tantas! Sin embargo agradezco la oportunidad que me brinda para pensar en ellas. Tampoco será un meme del todo, porque mis contactos en este mundo virtual son extremadamente limitados y tan sólo invitaré a un amigo que cada día trata de exponer y exponerse con sus comentarios.
Todo es cuestión de voluntad, de fe y de amor.

Me gustaría ser hasta el final de mis días, la madre amorosa y que mis hijos supieran que pueden contar conmigo.

No perder la capacidad de sorpresa y entusiasmo ante los más insignificantes detalles que a veces pasan desapercibidos en mitad del mundanal ruido.

Superar mis frustraciones y aceptarme como soy. Sin comparaciones.

Quisiera poder perdonarme los errores cometidos y ser más benevolente conmigo misma.

Dejar de tener miedo y vivir, vivir, vivir.

Quisiera no perder nunca la fe en la humanidad por mucho daño que algunos causen al mundo y a mi misma.

No renunciar a aprender inglés por más que mis oídos y mi memoria me pongan limitaciones.

Quisiera seguir amando a mi compañero de viaje como cuando tenía trece años y seguir descubriéndole cada día y admirarle y quererle…

….Y después de muerta, me gustaría que me recordaran por lo que hice y no por lo que deseaba hacer.
Jesús, quedas invitado para compartir con nosotros las ocho cosas que te gustaría llevar a cabo antes de morir. lenguaviperina

jueves, 25 de octubre de 2007

El Pisuerga

Miró a Rodrigo despanzurrado en la cama. Miró sus calzoncillos y se preguntó por qué los llevaba puestos. En sus citas siempre dormían desnudos. ¿Cuánto tiempo llevaban juntos? ¿Tres meses? ¿Qué vendría después? Se imaginó envuelta en una bata de guata al lado de un hombre con pijama de rayas. Le aterró la idea. Necesitaba estar sola aunque fuera por unos días.

Pensó en alguna ciudad que no hubiera visitado nunca. Una ciudad donde los recuerdos de sus múltiples amantes no pudieran asaltarla en cualquier esquina.

Tecleó en su ordenador “Valladolid”. Buscó un hotel que pudiera encontrar sin demasiada dificultad, y encontró uno en plena Plaza Mayor. El hotel Zenit Imperial. Un edificio que databa del siglo XVI. Era perfecto. El casco antiguo de las ciudades eran su debilidad. Comprobó la disponibilidad y reservó una habitación.
Se puso de camino cuando el sol ya había salido.

“Si algún día nos volvemos a encontrar será para no separarnos nunca. Hasta entonces.”
Lola.

Colocó la nota junto a la cafetera. Lo primero que hacía Rodrigo al levantarse era tomar un café.

La temperatura no podía ser mejor. Era un día cálido de octubre. Las únicas nubes estaban en su cabeza. Bajó la ventanilla para que el aire la despejara.
A mitad de camino paró en un área de servicio para fumarse un cigarrillo y tomar un café bien cargado. Una hora y media sin fumar era demasiado para ella.
Aparecieron los primeros carteles indicando “Plaza Mayor”. ¡Ahí estaba! La Plaza se abrió ante ella. En la web había leído que el parking más cercano al hotel se encontraba precisamente ahí. Lo que nunca imaginó es que tuviera que atravesarla con su coche. Sintió pudor al imaginarse en el interior del vehículo, interrumpiendo el paseo de los transeúntes. Sin embargo, siguió las indicaciones y entró en el subterráneo.
Cruzó la plaza arrastrando su maleta y se dirigió al hotel. Estaba justo al lado del ayuntamiento a escasos metros del parking.
Arrastrar la maleta sin un compañero al lado, la hizo tropezar. El momento con el recepcionista no fue tan glorioso como ella imaginó. Hacía muchos años que no pedía una habitación individual. Antes de pasar la tarjeta por el lector, cogió el móvil entre sus manos y comenzó a marcar el nº de Rodrigo. Colgó antes de escuchar la señal. Tan sólo hacía unas horas que le había dejado plácidamente durmiendo. Seguro que él todavía no la echaba de menos. Se aseó un poco y sin deshacer el equipaje, salió de nuevo a la plaza. Le resultó extraño no poder decir en voz alta cuánto le gustaban aquellas fachadas pintadas de rojo vigoroso o discutir con alguien sobre si tomar un café bajo los arcos o bajo las sombrillas, o dónde y cuándo ir a comer.
Lo primero que llamó su atención fue una esquina rodeada por obras. Trató de darle la espalda a ese muro rodeado de cintas rojas y blancas, y contemplar el resto de la plaza. Se dirigió justo al centro sin saber muy bien cómo colocar sus brazos. Su mano derecha buscó instintivamente otra mano.

Calculó mentalmente las dimensiones del recinto. Era menor sin duda que la Plaza Mayor de Madrid o la de Salamanca, pero era la Plaza Mayor más bonita que hubiera visto. La miraba sólo con sus ojos. Llegó hasta la estatua central en honor al fundador de la ciudad, el conde Ansúrez. Allí en medio, contempló el ayuntamiento, y el teatro Zorrilla. Pensó en don Juan Tenorio y en todos los don Juanes que habían pasado por su vida. Pensó en Rodrigo, en su voz cuando la decía te quiero al oído mientras mordisqueaba su oreja. Un escalofrío recorrió su espalda. Volvió a echar de menos su mano y su voz. Cruzó el empedrado y se sentó en una mesa sin sombrilla. Hubiera preferido las mesas colocadas bajo los preciosos arcos, pero quería que el sol le diera de lleno. Ese sol que a principios de octubre parece que fuera a acabarse. No quería perder la oportunidad de volver a sentirlo en su piel antes de que el invierno se lo llevara. Bebió su café con parsimonia. Atisbó las primeras callejuelas que desembocaban en la plaza. Le vino un ligero olor a montaditos, pinchos, tostas…y le rugieron las tripas. Se fumo otro cigarrillo para engañar al hambre hasta que se decidiera a tener que entrar sola, en una de esas tabernas que adivinaba llenas de gente riendo y charlando y bebiendo vinitos. Optó por un restaurante cercano al hotel que anunciaba comida castellana.
Ocupó una mesa alejada de la entrada. Pidió vino y se dejó aconsejar en la elección del menú. Cuando estaba acompañada nunca le parecía extraño ver comer a una persona sola en una mesa. Los miraba igual que miraba a los que comían en familia o en pareja o en grupos. Eran uno más. Sin embargo, ella se sentía observada por las mesas contiguas. Se encendió otro cigarrillo. Se sintió menos sola, menos observada, más tranquila, más segura. El poder que transfería a su vicio preferido, era como la pluma de Dumbo. Con el humo se disipaban las miradas furtivas y el mundo dejaba de mirarla.

Pasó por el hotel para refrescarse un poco y volver a salir a esa ciudad que debía ser su única compañera durante el fin de semana. Estuvo tentada por segunda vez de volver a llamar a Rodrigo, pero no se atrevió. En vez de eso, echó una ojeada al mapa que el recepcionista le había entregado junto con la llave de la habitación. Una enorme mancha verde llamó su atención. “Campo Grande”. Antes de dirigirse hacia allí, quiso tomarse un café bajo los arcos de la plaza. No se podía resistir a sentir el paso del tiempo sobre su cabeza. Contempló una pareja de avanzada edad, bien vestida. Él con un elegante bastón apoyado en la silla. Ella con uno de esos peinados cardados y unos enormes pendientes haciendo juego con un collar de perlas. Lola se estiró en su silla y trató de imaginarse dentro de treinta años. No pudo.
Se encaminó al Campo Grande por la calle Santiago, atravesando la plaza Zorrilla. Ahí estaba de nuevo don Juan Tenorio. “¿Sería ella un don Juan que necesitaba a los hombres para demostrar lo mujer que era?”
Llegó hasta el parque repasando el nombre de todos los amantes que había tenido y se le pasó así la oportunidad de mirar los flamantes escaparates llenos de ropa de marca. Había deseado con todas sus fuerzas que Rodrigo fuera el último. Estaba cansada de descubrir qué le gustaba a cada uno de ellos. Cansada del cine subtitulado de Adrián, los conciertos interminables de Iván, los partidos de baloncesto de Iñaqui, la literatura francesa del siglo XVIII que le recitaba Maurice a todas horas. Cansada de adivinar qué le apetecería cenar a Javier cuando le invitaba a su casa...
“Rodrigo era diferente”. Es como si necesitara repetírselo para creérselo. A él le gustaba la acampada libre y aunque ella siempre había preferido una buena cama y un baño caliente a los sacos de dormir y al agua helada de los ríos, no podía resistirse a ese te quiero que Roberto le susurraba en su oído mientras mordisqueaba su oreja debajo de una manta, mientras miraban las estrellas tiritando de frío.
Se detuvo unos momentos y sacó de su bolso la cámara de fotos. Entonces, fijó su atención en el fascinante mosaico de flores que se abría ante ella. Comenzó a fotografiarlas desde todos los ángulos posibles. De lejos, de cerca, agachada, de pie… Sabía de antemano que cuando las contemplara en su ordenador, no podría olerlas, ni acariciarlas, ni volver a sentir lo que sentía en esos momentos. Aún así, siguió apretando el botón.
Faisanes, pájaros de todos los colores, palomas, pavos reales…Quería atraparlos a todos con su objetivo.
De vuelta, paró en una placita donde se tomó una cerveza bien fría. Estaba anocheciendo, y Valladolid empezó a llenarse de gente. Le sorprendió, a medias, la elegancia con la que vestían. A medias porque siempre había oído decir lo refinados que eran los vallisoletanos. Se echó una mirada a sí misma y dio por bueno su atuendo. La plaza mayor a esas horas de la tarde no parecía la misma plaza. Las terrazas estaban a reventar. Se metió por las callejuelas en busca de algo para cenar. Montones de tascas se sucedían con gente dentro y fuera, tomando bebidas y raciones, y cantando y charlando animadamente. Sólo ella parecía estar sola. No se atrevió a entrar en ninguno de esos bares. Miró con envidia a los jóvenes. Escuchaba sus risas, sus empujones de complicidad, sus brindis. Parecía otra ciudad diferente por la que había estado paseando todo el día. Con el hambre de la cena sin satisfacer, volvió sobre sus pasos al hotel. Ocupó una mesa con un candil apagado que enseguida el camarero prendió con su mechero. Un hombre de mediana edad tocaba el piano. Sus miradas se cruzaron, y él la sonrió esperando que ella le devolviera la sonrisa.

“Siempre quise aprender a tocar el piano”, le dijo tomando una última copa. Después de todo, prefería los hoteles, a la acampada. ¿Preferiría también aquellos dedos de pianista a la voz de Rodrigo susurrando te quiero en su oído mientras le mordisqueaba la oreja? Todavía le quedaba un día para averiguarlo aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid.

lunes, 17 de septiembre de 2007

En mitad del andén


La vio acercarse caminando por el andén. El corazón le dio un vuelco y estuvo tentada de darse media vuelta y desaparecer entre la gente.
“Puedo cambiar de tren”, pensó Esther mientras trataba de esconderse tras una de las columnas que separan los andenes.
Estaba sorprendida de verla después de tantos años, pero realmente no sabía si el corazón le latía en su garganta por la alegría de encontrarse con su amiga de toda la vida, o por la rabia de tantos años sin saber nada de ella.
Por un momento dudó que fuera Maite, su compañera de juegos, de confidencias, de amores conquistados a medias, de coartadas bien labradas para que su madre no supiera que salía con Ricardo… Intentó cerciorarse que aquella mujer cargada de paquetes era su inseparable compañera con la que se juró ser amigas para siempre.
Intentó mirarla sin que la viera. Se puso a leer el luminoso anunciando que el próximo tren con destino al Escoria,l no efectuaría parada en ninguna de sus estaciones, mientras de reojo fijaba su vista en aquella cara inconfundible. Sin duda era Maite. Sus coloretes naturales, su pelo rizado en miles de anillos, y sus pechos exuberantes seguían siendo los mismos.
“Un poco más grandes y más caídos. Es lo que tienen los pechos grandes”, pensó Esther no sin cierto regocijo íntimo por ver los mismos signos del paso del tiempo que veía en ella cada mañana.
Hubiera deseado seguir inspeccionando el aspecto de su amiga para poderlo comparar con el suyo, pero de pronto, vio cómo una mano rodada de bolsas ascendía por encima de todos, a la vez que escuchaba gritar su nombre.
-¡Esther, Esther!-Gritaba Maite sin ningún pudor y sin dejar de correr hacia su amiga cargada con todos los paquetes moviéndose de un lado a otro y haciendo que los pasajeros se retiraran para dejarla paso si no querían que una de aquellas bolsas, vete tú a saber cargadas de qué, les causara algún que otro moratón.
La cara de Maite era el verdadero reflejo de la ilusión. Su enorme sonrisa resaltaba sus mofletes de ese color rojo natural y dejaba a la vista su preciosa dentadura. Esther en cambio, se quedó plantada en el mismo sitio donde había sido descubierta y lo único que consiguió fue esbozar una sonrisa que apenas si consiguió que sus labios se curvaran.
Cuando Maite llegó junto a su amiga de toda la vida, la abrazó cubriendo el pequeño cuerpo de Esther que desapareció entre sus brazos.
“¿A qué viene tanta alegría?”, se preguntaba Esther mientras intentaba zafarse de aquel abrazo sin que se notara su incomodidad.
“Ha tenido doce años para hacer una llamada. Una simple llamada, y ahora se deshace en un abrazo como si no hubiera pasado el tiempo. O lo que es peor, un abrazo como si quisiera recuperar los doce años en mitad de un andén lleno de gente.”
Esther no podía dejar de pensar en los años que había estado esperando que respondiera a sus llamadas. La había echado de menos en muchas ocasiones y ahora su abrazo la dejaba impávida. Sin embargo tuvo que hacer un esfuerzo para tragarse las lágrimas que empezaban a asomar a sus ojos. Por nada del mundo permitiría que Maite la viera llorar.
-¡Cuánto tiempo sin verte Esther! ¡Dios mío estás igual que siempre! Ni un gramo ¿eh? ¿Cómo se hace eso? –Y se separó de ella unos centímetros para observarla de arriba abajo sin dejar de sonreír.
-Sí mucho tiempo, Maite, mucho. –La voz de Esther sonó cortante, carente de toda emoción, a la vez que se esforzaba por mantener las lágrimas dentro de sus profundos ojos verdes.
Maite pareció reconocer en su amiga ese tono de reproche y esa tristeza que se dibujaba en sus ojos cuando era incapaz de hablar fluido.
-La verdad es que he querido llamarte muchas veces, pero me marché a vivir a Francia unos años y cuando regresé no sabía si seguirías viviendo en el mismo sitio.
-Ya. Pues sí, sigo viviendo donde siempre.
-Bueno, ¿y qué es de tu vida? –El tono de Maite se hizo tan distante como el de Esther. De repente su efusivo abrazo pareció hacerse cenizas en medio de las dos mujeres.
-¿Mi vida? En mi vida han ocurrido demasiadas cosas como para contártelas en mitad de un andén. Supongo que como en la tuya.
-Sí, en la mía también. –Respondió Maite. Y ahora fueron sus ojos los que parecieron llenarse de lágrimas.
Los altavoces anunciaron la llegada del tren con destino al Escorial:
“Se informa a los señores pasajeros que el próximo tren con destino al Escorial no efectuará parada en ninguna de sus estaciones”
-Yo voy al Escorial. –Dijo Maite en un tono que parecía una disculpa.
-Bien, yo sigo viviendo en el mismo sitio.
El tren con su silbido ahogó las despedidas de las dos amigas. Maite subió al tren cargada con sus paquetes y se quedó en la misma puerta mirando por las ventanillas a su querida amiga.
-Te llamaré. -Intentó vocalizar Maite para que su amiga la viera.
-Te llamaré. –Se repitió a sí misma mientras su gran sonrisa se convertía en un llanto que dejaba salir sin pudor alguno, tal y como había dejado salir toda su alegría.
Esther se quedó allí parada, mirando a su amiga, a la que había sido su mejor amiga, la única, la más querida, en la que había confiado plenamente, y se preguntaba si después de doce años sin verse sería posible recuperarla. Sin pensarlo le lanzó un beso.
-Te quiero. –Las palabras se escaparon de su boca en mitad de una sonrisa que apenas si curvaban sus labios. Pero el tren ya había partido.

martes, 28 de agosto de 2007

El beso


La noche había caído hacía horas. A penas asomaba un filo de luna en el cielo. Encendió las luces de la piscina y se tumbó en la hamaca a esperarle. Escuchó sus pasos firmes en el hall. Pudo imaginarlo vaciándose los bolsillos. La cartera, el llavero, el móvil, las gafas. Pudo verle aflojándose el nudo de la corbata mientras se dirigía al jardín. Observó cómo lo deshacía completamente y le resultó aún más atractivo con ella colgando de su cuello. En la radio sonaba Elvis. Le recibió ofreciéndole una copa de vino que había elegido cuidadosamente de la bodega. Brindaron. El cristal sonó con la melodía “I was the one”. Él le ofreció su mano invitándola a bailar. Hacía tiempo que no bailaban y se estremeció entre sus brazos aspirando una vez más su aroma. Cerró los ojos y se dejó llevar. Olía a él. Le escuchó pronunciar su nombre muy cerca de su oído con esa voz grave, sonora, cálida. Escuchó cómo vibraba cada letra en sus cuerdas vocales y sintió que se le aflojaban las rodillas. Hacía un calor sofocante y él fue bajando los tirantes de su vestido hasta que calló al suelo. Ella desabrochó su camisa lentamente besando su torso en cada palmo que los botones dejaban al descubierto. Desnudos los dos, se zambulleron en el agua y disfrutaron como hacía tiempo.
Las últimas notas de Elvis dieron paso a las señales acústicas de la hora. Sorbió un largo trago del “Cune” que con tanto esmero había escogido y escuchó cómo aquél hombre al que tanto amaba, le daba las buenas noches con un beso en la frente. Después le vio alejarse mientras se deshacía el nudo de la corbata bostezando camino al dormitorio.
Terminó de beberse la botella gran reserva guardada tantos años para una ocasión especial, y después se zambulló en el agua completamente ebria. La música de Elvis volvió a sonar.

sábado, 18 de agosto de 2007

La otra orilla

A penas un hilo de luna brillaba en el cielo. Era una noche fría. El viento soplaba sin ninguna misericordia. La oscuridad se cernía sobre nuestras cabezas. Siempre he temido a la oscuridad, sin embargo esa noche, me sentía agradecida. Sentía que me protegía, que por primera vez, era mi aliada y no mi enemiga. Envueltos en su negrura, cruzábamos el trecho de agua que nos alejaba de la muerte segura.
Nuestra barca avanzaba meciéndose amenazadoramente. No nos atrevíamos casi a respirar, como si conteniendo el aliento fuéramos a pesar menos, y pudiéramos cambiar así, la suerte de nuestro destino. Apretados unos contra otros, rezábamos cada uno en nuestro idioma. Frotábamos nuestros cuerpos para ahuyentar el maldito frío que se empeñaba en helarnos la sangre. El miedo brillaba en los ojos. ¡Nunca creí que el viaje fuera a ser tan largo!
Ya no nos quedaba agua. Nuestros labios resecos ya no tiritaban siquiera. Algunas mujeres dormían desmayadas. La ansiedad por llegar palpitaba en cada uno de nuestros corazones.
La costa debía aparecer ante nosotros antes del amanecer. Según los cálculos, tendríamos tiempo de desembarcar y alejarnos de las patrullas costeras. Ahora la pregunta era: ¿Tendríamos fuerzas? Por un momento tuve la sensación de que mas que alejarnos de la muerte segura, me había lanzado a ella.

viernes, 10 de agosto de 2007

El bunker



Cuando su padre la encerró en el bunker, el mundo parecía que fuera a acabarse. Recuerda el cielo negro y la tierra retumbando. Es lo último que pudo ver antes de quedar a salvo de una destrucción que parecía inminente. Esperó a sus padres durante días. Pero el bunker no volvió a abrirse.
Tenía víveres suficientes para toda la vida. O eso le pareció. Los primeros días apenas sintió hambre. Ni siquiera sed. Miraba absorta aquella puerta que se cerró con la promesa de abrirse en unas horas. Pero nadie la abrió.
Recordó la historia de Robinson, uno de los primeros libros que leyó. Comenzó entonces a tachar los cuadraditos de un calendario que su madre había colgado de la pared. No estaba muy segura del tiempo que había transcurrido cuando hizo la primera marca, pero se aseguró de mirar el reloj a partir de la primera cruz.
Ahí abajo no se oía nada. Odió el silencio, tanto como odió el ruido ensordecedor de las bombas que caían sin cesar la noche en la que su padre decidió ponerla a salvo.
Encendió el ordenador y conectó su correo. Ninguno de sus amigos estaba conectado. Comenzó a escribir S.O.S. a todos sus agregados. Nada.
Al cabo de dos meses, recibió un e-mail de una nueva dirección. Aunque no era su costumbre hablar con desconocidos, aceptó la invitación y volvió a escribir un S.O.S. desesperado. No hubo respuesta. Escribió entonces una larga carta explicando su situación. Explicó al desconocido cómo había llegado a esa situación y todos los por qués que se le ocurrieron. Cada día enviaba un mensaje contando un poco más de cómo vivía encerrada en su bunker y el miedo a quedarse para siempre encerrada. Casi tanto miedo como le daba salir de allí. No podía imaginar qué se encontraría. Sólo sabía que el cielo se oscureció y la tierra tembló la noche que su padre la escondió en el bunker de su casa. Armándose de valor le dio las directrices exactas de su ubicación. Tenía la esperanza de que la rescataran. Quien fuera el que la agregó a su círculo, desapareció sin más. Luna, el nombre que ella misma se había asignado en su correo, siguió intentando conmover a la única señal de vida que había recibido. Una señal que no sabía de dónde provenía. Tal vez fuera un simple niño jugando o quizá quien envió la señal estaba prisionero como ella, o quizá él había conseguido salir y se había olvidado de ella. Tal vez incluso ni hubiera leído siquiera sus mensajes. Pero Luna siguió escribiendo y contándole lo sola y temerosa que se sentía en ese bunker concebido para salvarla, y que ahora parecía que fuera su tumba.
Luna siguió escribiendo durante meses. Ya no esperaba respuesta, tan solo le ayudaba a mantener activa su mente. Le contaba a la señal todo cuanto pasaba por su cabeza. Cuando ya no esperaba que la respondiera, apareció de nuevo. La señal se disculpó por no poder hacer nada por ella. También ella estaba prisionera en algún lugar. No decía dónde. Luna imaginó toda clase de posibilidades. Le preguntaba de dónde era, si estaba como ella encerrada en algún otro bunker sin poder salir. Nada. La señal tardaba días y días en conectarse y cuando lo hacía, sólo escribía S.O.S. Luna pasó de sentirse la única víctima, a pensar en la señal como alguien a quien tenía que ayudar.
Una noche escuchó los candados del bunker. Contuvo la respiración. Ya no estaba segura de querer salir de allí. Tenía demasiado miedo a que el mundo que había conocido hasta entonces hubiera desaparecido. Quizá sus padres ya no estuvieran en él. Quizá sus amigos hubieran desaparecido. Quizá el cielo estuviera más negro. Escuchó las puertas impactando contra el suelo y oyó la voz de una mujer preguntando:
-¿Laura, estás ahí?
No era la voz de su madre ni ninguna otra voz conocida, pero sabía su nombre.
Luna salió de allí entre sollozos. Pensó en la señal y en cómo conseguiría encontrarla. Ella estaba ya a salvo. El cielo volvía a ser azul y la tierra había cesado de moverse. Pero sus padres no volverían. En su ausencia habían perecido sus seres más queridos. No había rastro de su casa, ni de los árboles que la rodeaban. Tampoco estaba en pie el que un día fuera su colegio ni las casas de sus amigos. Por un momento se sintió más sola que en el bunker.
El mundo había cambiado en apenas unos meses. Ya nada sería igual, pero ella estaba viva de nuevo. Pensó en la señal como en algo lejano, y quiso convencerse que también ella podría haber sobrevivido.