viernes, 8 de febrero de 2008

El abuelo y su móvil

Lleva varios minutos dando vueltas al móvil entre sus manos. Lo deja sobre la mesa y lo vuelve a coger. Se han hecho inseparables.

Justo antes de cenar, comprueba el estado de su batería. Tal y como le explicó su nieto, cuando le quede una sola raya, debe ponerlo a cargar. Saca entonces su cable bien guardado en la caja, y lo conecta al enchufe que hay al lado de una mesita, junto al sillón donde se sienta durante horas a ver todos sus programas favoritos. De vez en cuando lo mira de reojo para comprobar que está bien enchufado y las rayas suben y bajan indicando la carga. No se acuesta hasta que la pantalla indica “batería cargada”. Entonces lo desenchufa, porque su nieto le ha dicho que no es bueno dejarlo enchufado, y lo desconecta para que descanse.
Desde el primer momento en que se vieron, todos supieron que sería una relación que duraría toda la vida. No podía creer que ese teléfono minúsculo con el que su nieto presumía de amigos y novias se lo regalara a él. Sus ojos dejaron escapar un destello de luz a la par que sonreía. Era un gesto muy típico de su cara cuando no quería demostrar tanta alegría como sentía. La sonrisa reprimida iba acompañada de un sonido gutural parecido a un pensamiento: “¿Y esto a qué viene? ¡Qué bien que me lo hayas regalado! Aunque no sé para qué. Yo ya estoy viejo pa esto.” Todos sus hijos y sus nietos le rodearon mientras lo sacaba de la caja. En realidad todos se hacían la misma pregunta que él, y a tropel se lanzaron a dar respuestas que respondieran sus preguntas.
—Ya verás qué bien. Podremos llamarte en cualquier momento para que vengas a ayudarnos. Para recoger a los niños del cole, para que nos traigas el pan… Para saber cómo estás, para que nos llames siempre que necesites algo… Para poder estar comunicados si … En fin, ya verás como te alegras cuando aprendas a usarlo. No es nada difícil. Hemos cogido un modelo con los números grandes para que puedas verlos bien.
Mi padre miraba muy fijo los botones. Se acercó el móvil todo lo que pudo a los ojos para comprobar que efectivamente en aquellos botones había números.
— ¡Ah sí! —Se iluminó de nuevo. Esta vez realmente parecía contento.
— Y ¿este botón rojo?
—Es para colgar cuando terminas de hablar. Verás, tú marcas el número normal al que quieres llamar y le das al botón verde. Hablas, como en el de casa, y cuando terminas le das al rojo. ¿Ves que fácil?
Mi hijo me echó una mirada matadora. No podía creer que estuviera hablando en serio. ¡El móvil servía para mucho más! No tenía que marcar el número de la persona con la que quisiera hablar, tan sólo debía grabarlo en la agenda y así lo tendría disponible siempre que quisiera. Muy ufano, Mario, mi hijo, se lanzó al ruedo.
—Abuelo, lo único que tienes que hacer es grabar todos los números a los que normalmente llames y cuando quieras usar uno, lo único que tienes que hacer es dar a esta flecha y te sale…
Mario hablaba mucho más rápido de lo que mi padre o cualquiera de los allí presentes podíamos asimilar.
Al abuelo ya no le brillaron los ojos ante tantas posibilidades como ofrecía el nuevo invento. En realidad se fueron apagando. Él sabía que aquella felicidad no podía durar mucho. Ese teléfono no era para él. No pertenecía a su generación y bastante tiempo había invertido ya en aprender el nuevo teclado del teléfono normal. A él le gustaban aquellos que metías el dedo en un agujero y podías comprobar que no te habías equivocado porque te daba tiempo a volver con el dedo metido, mientras pronunciaba el número en voz alta.
Al desaparecer su sonrisa, desapareció la nuestra. Todos nos interrogamos con la mirada. Queríamos ver en la mirada del otro nuestro acierto o nuestro error. Alguien debía convencerle de que todavía podía aprender el manejo de aquel aparato minúsculo que tanto asombro le provocaba cuando veía a sus nietos manejarlo.
—A ver abuelo... —Su nieto mayor, el mismo que acababa de mostrarle que aquel pequeño instrumento tenía muchos más secretos de los que él podría aprender, volvió de nuevo al ruedo para intentar que recuperara la ilusión que él mismo le había robado con su ingenuidad.
Cogió el móvil con la destreza que da el tenerlo entre las manos veinticuatro horas. Grabó todos y cada uno de los números que él sabía que su abuelo utilizaba. La tía, la otra tía, su hermano, el vecino, el bar de la partida… Sus dedos se movían a una velocidad inverosímil. Yo misma me pregunté si no sería más sano el desconocimiento y la incapacidad de mi padre que la destreza de mi hijo. En a penas unos segundos había concluido la agenda.
Satisfecho, pasó a enseñarle el segundo paso. El abuelo prestaba toda la atención que podía. A veces le hacia repetir el mismo paso varias veces y Mario, pareció entender instintivamente la necesidad de instruirle despacio y con paciencia.
Había llegado el momento de estrenarlo. Mario le hizo los honores y puso el móvil en manos de su abuelo.
— Dale a la flecha hacia abajo. Sigue dándole hasta que veas el número que quieres.
Mi padre cogió el móvil. Sus manos no atinaban a dar a la tecla oportuna. Temblaban, no sé si de emoción o de miedo. Tal vez temblaban sencillamente porque su pulso había perdido con los años, la precisión de la que tan orgulloso se había sentido en su juventud. Cuando por fin consiguió entrar en contacto con el número elegido, mi móvil sonó dentro de mi bolso. Con las prisas me tropecé con las sillas que habíamos ido reclutando en el salón y casi cojo el bolso con la boca.
—Dígame. —Dije sonriendo al mismo tiempo que respondía.
— ¡Hola hija! Ésto funciona. Gracias a todos. —Y sus ojos casi transparentes se llenaron de lágrimas.

Desde aquel día viene por casa cargado siempre con su móvil. No se atreve a preguntar. Lleva muchos meses con él y sigue siendo un misterio. Lo coge y lo deja de nuevo sobre la mesa. Cualquiera diría que trata de conducir nuestra atención al teléfono con el que lleva jugando un buen rato. Mario lo observa. Sabe que ha llegado el momento de desvelarle un nuevo secreto. Creo que hoy toca aprender a enviar mensajes. ¡Menos mal que ya sabe leer! Piensa Mario. Ninguno parece tener prisa. Por alguna razón su abuelo se coló en su corazón al nacer. Tal vez por muchas razones. Le enseñó a jugar al fútbol en cuanto fue capaz de dar sus primeros pasos. Entonces, sus piernas se movían a una velocidad muy distinta a la que se mueven sus dedos hoy. Empujaba su cochecito incansablemente hasta que se dormía. Nunca le faltaron sus mimos y siempre estuvo en todos sus partidos. Mario y el abuelo forman una extraña pareja para los tiempos que corren. Tan extraña como una boina y un móvil de última generación.
Mi padre logró aprender lo esencial sobre la telefonía móvil. Podemos llamarle cada vez que lo necesitamos. Sobre la vida sabe mucho más de lo esencial. Cuando suena su móvil se levanta de la silla metiendo nervioso la mano en su pantalón. Lo hace mucho más rápido de lo que puede, teme que las prisas con las que vivimos no le permitan tomarse el tiempo que necesita para asegurar sus pies en suelo firme antes de dar a la tecla verde. Cuando consigue ponerlo en su oreja, grita varias veces, mirando a su alrededor, como si todavía dudara de su autenticidad, y cuando sus nervios y nuestra paciencia se ponen de acuerdo logramos mantener una conversación.



El poder de las palabras



Nadie puede vengarse de Dios. Cuando Laura pasaba un mal día, sólo se atrevía a maldecirle. En los peores, incluso se atrevía a pensar en el suicidio. Y cuando lo pensaba no se sentía liberada de la cama a la que estaba condenada de por vida, sino que sentía un inmenso placer lleno de odio hacia ese Dios al que culpaba por haber permitido que naciera. Saboreaba la única venganza que podía llevar a cabo. “Matar a ese ser que Dios tuvo el capricho de poner en este mundo”. Ése era su pensamiento obsesivo. En esos momentos era mejor no estar cerca de Laura. Todo se volvía negro y nada la podía hacer sentirse mejor. Cualquiera diría que disfrutara con esos pensamientos. “Tengo todo el derecho a pensar lo que me plazca”, decía. Y nadie se atrevía a contradecirla. Todos sabían lo duro que era para ella ver el mundo a través de la ventana.
Se imaginaba todas las posibles formas en las que podría acabar con su existencia. Guardaría el cuchillo de la fruta. Le diría a su madre que lo había olvidado. Se cortaría las venas en la posición correcta. Había leído en algún sitio que muchos suicidas se hacen los corte en horizontal y casi siempre llegan a tiempo de salvarlos. Lo haría siguiendo la dirección de sus venas verdes que a penas se traslucían tras su piel blanca y demacrada. “Demasiado sangriento”, pensaba. Laura no quería dañar a su madre. A su madre nunca la culpó de su desgracia. “No, las venas no”. Su madre no merecía ser castigada. Bastante la había castigado ya su Dios con una hija como ella. “Con pastillas”. Laura tomaba calmantes para sus dolores, somníferos para conciliar el sueño, y otras más de distintos colores que ni siquiera le interesaban para qué eran. “Las guardaría todas durante algún tiempo, hasta que tuviera suficientes para tomarlas de una vez. Sí, las tomaría de noche mientras todos dormían para que no pudieran comprobar si estaba bien, si necesitaba la cuña, si tenía sed o quería una fruta, o cualquiera de los ofrecimientos que su madre le hacía durante el día cada pocos minutos”. Con ese plan concilió el sueño de aquella noche.
En sus días malos, Laura se relamía pensando en su muerte. Pensando en vengarse de ese Dios al que su madre le obligó rezar durante todos sus años de niña, pidiéndole por todo el mundo y agradeciendo la vida. “¿Qué vida?” pensaba Laura sin atreverse a decirlo en alto. Recitaba de carrerilla cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos la acompañan… seguida del jesusito de mi vida, eres niño como yo…Esa parte hacía que se imaginara un jesusito tumbado en una cama como ella. Después empezaba con las aves marías, el padre nuestro y el gloria. Siempre todo, en el mismo orden. Si se le olvidaba alguna oración volvía a empezar. Pero al cumplir los catorce años se negó a rezar y bastó decírselo una sola vez a su madre para que ésta no insistiera nunca más.
—No volveré a rezar a tu Dios nunca más. No quiero que vuelvas a mencionarlo en mi presencia o te juro que renegaré de Él ante el mismísimo Papa. —Su madre no volvió a mencionarlo a pesar de su pena.
Sin embargo, Laura se sorprendía hablando con Él en sus mejores días y preguntándole qué razón podía tener para haberla puesto en este mundo.
“¿Por qué, por qué, por qué?” Le preguntaba una y otra vez.
Y la respuesta le llegó a través de un correo electrónico años después. No conocía al remitente, pero lo abrió de todas formas sin dudarlo.
“Querida Laura. Tú no me conoces y yo no te conozco a ti. Tan sólo sé que escribes en un foro de poesía del que soy lector acérrimo. Con cada poema tuyo, vibro. Miro cada día a ver si aparece tu nombre para leerte. La sensualidad de tus versos me hace imaginarte de mil maneras y de mil maneras me enamoras. Hoy me he decidido a escribirte para pedirte permiso y colarme así en tu correo personal. Busqué la manera de conseguir tu dirección y lo logré gracias a otro admirador tuyo que me pidió discreción. Disculpa mi atrevimiento y mi silencio por no rebelarte su nombre.
Tus poemas me inspiran y me transforman. Cuando te leo me convierto en alguien capaz de amar más allá del cuerpo, y mi alma vuela para buscarte. Quiero encontrarme contigo en ese espacio inexistente donde las palabras son las únicas dueñas de mis sentidos y de mis sentimientos más profundos. Viviremos en nuestro mundo de las palabras donde tus poemas serán mi alimento. Quiero pedirte que seas mi Laura, la más bella, porque así te imagino y así existes en mi pensamiento. Incorpórea, intangible, eterna…Mi eterna Laura. La que me hace vibrar con tan sólo leer un poema. Mil gracias. No dejes nunca de escribir porque si lo hicieras, yo dejaría de existir”.

Aquella noche Laura rezó al Dios de su madre. Rezó al Dios al que odió porque no sabía a quién odiar. Al Dios desconocido y amado porque Dios es ese instante donde todo es posible.
Su deseo de venganza se transformó en un deseo íntimo por conocer a ese hombre que le permitía sentirse mujer aunque fuera a través de sus palabras.

El último ídolo


Después de muchos meses de espera, por fin llegó el día de la gran despedida. Una muchedumbre previsiblemente numerosa de adolescentes se agitaba impaciente a las puertas del majestuoso hotel recién construido. Era el orgullo del alcalde. Era la culminación de su obra después de conducir a su pueblo al progreso. En breves momentos, aparecería el ídolo del mes, rodeado por sus managers, sus secretarias y sus botones particulares, enfundado en una maravillosa camiseta que dejaría al descubierto sus músculos recién abrillantados y unas gafas oscuras de diseño que cubrirían sus ojos y unos vaqueros de marca que marcaban sus encantos.
Por unos segundos sus oídos se llenarán de vanidad mientras las gargantas de cientos de jóvenes gritan su nombre intentando cada una, que su voz se oiga por encima de las otras voces. Todas le aclamarán con la esperanza íntima de que sea su voz la que se convierta en el zapato de Cenicienta.
Bajo esos pechos incipientes late un corazón todavía inocente. Todas comparten el mismo secreto oculto entre sus voces. Cada una alberga la esperanza de que una simple mirada cambie su vida para siempre. Todas creen en el milagro de convertirse en la elegida. Todas cruzan los dedos y se empujan a codazos para ser las primeras. Unas gritan desesperadas ante el tiempo que se les acaba para conseguir su sueño.
El ídolo está ya en la puerta del gran Hotel. Tan sólo unos metros le separan de su limusina blanca recién estrenada también. Tan sólo unos pasos para seguir manteniendo el sueño vivo. Algunas gritan agitando las manos por encima de sus cabezas, para que al menos si no puede oírlas pueda verlas. Otras se estiran con peligro de descoyuntar sus cuerpos para intentar que sus dedos puedan rozar su camiseta.
María también quiso gritar. Tenía ensayado su nombre de tanto nombrarlo en esas noches en las que se quedaba despierta imaginando que su ídolo se quedaba prendado de ella en la puerta del nuevo hotel, imaginando su cuerpo rodeado por los brazos de su ídolo, imaginando su primer beso con él. No podía ser con otro. Pedro era guapo y la quería, pero él…Él era el mejor.
Sintió ganas de gritar con fuerza ese nombre que tanto amaba, y antes de que su timidez se lo impidiera, su ídolo se difuminó tras los cristales ahumados de su limusina blanca. Su ídolo se alejaba a toda velocidad envolviendo sus sueños, sus ilusiones, sus esperanzas, sus fantasías y las fantasías y las esperanzas y las ilusiones y los sueños de todas sus amigas y de todas las bocas que se habían atrevido a gritar su nombre.
En una nube polvorienta que resecó todas las gargantas, el zapato de Cenicienta se quedó tirado en la carretera, cubierto de polvo. Ninguna se atrevió a ir a recogerlo. Cada una lo ignoraba a su manera. Algunas se reunían en pandillas para que les fuera más fácil esconder su decepción y pasaban del amor al odio y a no volver a comprar un solo disco más de ese creído que no había tenido la decencia de saludarlas. Otras reunían el poco orgullo que les quedaba y emprendían el camino de vuelta a casa con prisas para reanudar su trabajo cotidiano. Otras lloraban su desconsuelo abiertamente ante las burlas de los chicos del pueblo que se doblaban de la risa y hacían más insoportable su rabia y su pena.
María siguió con su mirada el reguero de polvo y lágrimas que iba dejando su ídolo sin mirar atrás, sin ni siquiera dedicarles una sonrisa antes de partir hacia otro lugar del mundo. Ignoró todas sus voces con la facilidad del que está acostumbrado a escucharlas en cada pueblo. Pensó que todas les resultarían iguales. Las voces no tenían cara, y ella se sintió de repente como un fantasma. Emprendió el camino a casa siguiendo el rastro de polvo que había dejado el que sería su último ídolo. Ahí mismo se juró que jamás volvería a tener uno. Se juró arrancar todos los posters que tenía colgados en sus paredes y las adornaría con las fotos de su hermana pequeña que era mucho más guapa que ese engreído.
Pasó por encima del zapato de Cenicienta y le dio un puntapié con todas sus fuerzas. Ella era María, la del prao de arriba, y sus alpargatas valían mucho más que un zapato perdido en mitad de un camino. Subió su mentón con orgullo y se olvidó de Cenicienta. Su madre y su padre la querían y sus hermanas la esperaban en casa para comer.
Casi a la salida del pueblo donde se separan los caminos, una limusina blanca estaba rodeada por un rebaño de ovejas que la tenían prisionera. María estuvo tentada de girar sobre sus talones e ignorar aquella escena surrealista de sus ovejas amenazando al gran ídolo de masas. Pero María no estaba acostumbrada a ignorar a nadie. Llamó de un silbido al pastor, que de un salto se despertó de su siesta matutina. El pastor a su vez llamó a su perro y entre todos consiguieron que el rebaño volviera al redil. La limusina blanca volvió a levantar el polvo del camino, pero esta vez, María se lo sacudió de un solo manotazo.

jueves, 6 de diciembre de 2007

Reflejo luminoso




Clara durmió muy inquieta aquella noche. Su madre la oía revolverse en la cama una y otra vez. Su respiración se hacía cada vez más jadeante y parecía como si en cualquier momento fuera a despertar. Todos sabían que no debían interrumpir los sueños de Clara. Los médicos habían aconsejado que dejaran que aquellos episodios transcurrieran sin molestarla. Para la madre de Clara era muy difícil convertirse en una mera espectadora del sufrimiento de su hija. La veía abriendo y cerrando su boca como si el aire no pudiera entrar en sus pulmones. Estiraba sus brazos en vano, en busca de algo que desde luego no estaba allí. Parecía que sus piernas quisieran echar a correr y sin embargo por mucho que lo deseara, no se movería de su cama.
Sofía, mejor que nadie, sabía que no debía despertarla, porque, tal vez, podría quedar atrapada en su vuelta a la conciencia. Sabía también que además no serviría de nada traerla de vuelta. Fuera lo que fuera lo que Clara estuviera viendo ya no podía evitarse. Aún así lo único que deseaba era poder aliviar cuanto antes el sufrimiento de su hija. Con toda la suavidad de la que sólo una madre es capaz, se sentó en el borde de su cama y posó su mano en la frente de su hija. Casi al instante Clara abrió los ojos. Tenía la mirada perdida y todavía respiraba con dificultad. Todavía tardaría unos minutos en conseguir que su cuerpo reconociera que estaba de vuelta en su cama. Con una gran esfuerzo se incorporó con la ayuda de su madre y estalló en sollozos entre sus brazos
.
- Debes tranquilizarte Clara. ¿Qué ha sido esta vez?

Clara le contó con la voz entrecortada cómo Augusto, el jardinero de su escuela, era tragado por el río. Su coche patinaba sin piedad por una carretera solitaria, y sus luces se apagaban para siempre en el fondo del agua. Ella quería gritar para despertarle, pero no podía. Él no pudo oír su voz y se ahogó en mitad de la noche. Ella quería ayudarle, quería salvarle, pero cada vez que intentaba llamarle por su nombre, todos sus esfuerzos eran en vano. Su voz no salía por su garganta por mucho que ella se empeñaba. Era como si de repente se hubiera quedado muda.

- ¿Viste ayer a Augusto en la escuela? Le preguntó su madre casi temiendo la respuesta.

Clara clavó sus ojos en los de su madre y su madre la abrazó con toda la fuerza que da el sentir un mismo dolor.

- ¿Viste algún reflejo luminoso a su alrededor, Clara?

- ¿Por qué me preguntas eso? Siempre me habías dicho que esos reflejos no tenían nada que ver con mis sueños. ¿No es así?

Sofía se acurrucó en la cama con su hija y pensó que había llegado la hora de descubrirle los dones con los que había nacido y con los que tendría que aprender a vivir el resto de su vida.

martes, 4 de diciembre de 2007

Viejas conocidas




Mientras mantenía su postura favorita de yoga, sonó el timbre. Colocó entonces los pies en el suelo y la cabeza volvió a tomar el lugar que le correspondía.

“¡Qué fastidio! He de buscarme un lugar donde nadie pueda encontrarme, al menos durante una hora al día.” Y bajó rápidamente la escalera que la separaba de la entrada.

“No sé por qué he de abrir la puerta siempre que llaman. Podría haber ignorado su llamada. En fin. Ya está hecho. Ya han conseguido desconcentrarme.”

— ¡Hola Candela! ¿A qué no me esperabas?
—Pues… Pues, francamente no. En realidad jamás habría dicho que podrías ser tú. Me…, me alegro de verte.—Lo dijo sin mucha convicción.
— ¿Puedo pasar, o me vas a dejar en la puerta todo el día?
— Claro, adelante. Estaba haciendo mis ejercicios de relajación. Ya sabes. Esos que con tanto empeño querías que aprendiera. Y ahí estaba, cabeza abajo intentando pensar en ti.
— ¿En mí? ¿Es que no has aprendido nada después de tantos años?
— ¿Quieres algo?
— Sí. En realidad quería saber cómo te encontrabas. Hace tiempo que no sé nada de ti. No me escribes, ni me llamas, ni siquiera he oído hablar a nuestros amigos sobre algo nuevo en lo que estés metida. A ti siempre te ha gustado estar metida en algo, ¿no es así?
—Será que no he encontrado nada a mi medida últimamente. Nadie puede estar siempre trabajando al cien por cien. ¿No crees? Esas son palabras tuyas.
—Candelita, Candelita. Permíteme que te diga algo. Espero que no me lo tomes a mal.
—Tú dirás. Después de tanto tiempo sin vernos, al menos me alegro que tengas algo que decirme.
— No te he visto por el club de la risa.
— ¡Ah! Es eso. Ya no tengo ganas de reírme desde el estómago. Prefiero reírme de algo que de verdad me haga gracia.
—Sí, eso está muy bien, pero el caso es que no te ríes de nada.
— ¿Acaso me estás espiando?
— No, claro que no. Yo no me dedico a espiar a la gente. Sólo la acompaño cuando tiene ganas de divertirse, o de saborear un buen capuchino, o ir a ver una película de estreno, o estar presente en esas reuniones de amigos que tanta energía generan, o en la cama con un buen amante… ¿No me has echado de menos?
—Bueno, la verdad es que hace tiempo que no hago ninguna de esas cosas, así que supongo que no he tenido tiempo de echarte de menos.
— Pues yo a ti sí. Por eso he venido. Una compañera mía, bueno ya sabes a quien me refiero. No es que seamos compañeras, pero a ella le gusta llamarme así. Pues, esa que siempre anda metiéndose en todo, cuando me vio el otro día haciendo el recuento de mis alumnos, me echó una sonrisa maliciosa y con su sentido sádico del humor comenzó a contar a todos y al llegar a tu hueco me dijo:
— Ésta ya es mía.
—Ya. Y tú claro, saliste corriendo en mi busca. Te recuerdo que llevamos sin vernos… ¿Cuánto? Un año, dos. ¡Por favor!, ¿de verdad quieres hacerme creer a estas alturas que te importo? Tu compañera ha hecho un buen trabajo. No creo que puedas hacer nada más. Ya has hecho bastante. Esta vez ella te ha ganado la partida. Honestamente, he de decir que ha jugado sus cartas con mucha mayor habilidad que tú. No me ha dejado ni a sol ni a sombra. Allí donde había algo por lo que llorar ella aparecía en primera fila.
—Y tú la seguías. Nunca me miraste. Yo también estaba allí, y me ignoraste. No pretendas ahora echarnos la culpa a los demás.
—¡Oh no! Perdone usted, señora sabelotodo.¡Mi deber era estar atenta a todas las señales! Usted disculpe por haberme equivocado de camino. Disculpe por haber sufrido, disculpe por no haberla visto entre tanta inmundicia como me ha rodeado.
— No hay duda de que me odias. Tal vez sería mejor que me fuera.
—Sí será lo mejor. Total, Angustias vendrá enseguida y no creo que le haga gracia verte aquí.
— ¿Eso es todo Candela? ¿Ni siquiera me vas a invitar a un café? Aunque sea por los viejos tiempos.
— Estoy demasiado cansada. Ahora es Angustias la que manda. Si llegara ahora y me viera tomando un café contigo se enfadaría muchísimo y tengo miedo a que pueda ponérmelo todavía más difícil.
— ¿Más aún? Tienes la piel gris, el pelo se te está cayendo a mechones, no hay expresión alguna en tu rostro. Estoy aquí para ayudarte.
— Ya he dicho que te vayas. Has tenido mucho tiempo para venir hasta mí. Ahora es demasiado tarde. Vete de una vez. Vete antes de que venga y tenga que echarte yo misma.
— No me iré Candela. Aunque no lo creas, he venido cada día a tu puerta, y no me has abierto. Siempre estabas demasiado ocupada en algo que debías hacer. Pero ahora, por alguna razón, o tal vez por muchas razones, me has permitido entrar en tu casa.
— No te hagas ilusiones. Tan sólo me has pillado desprevenida. Creí que sería el cartero.
— ¿Puedes abrir al cartero y no puedes abrirme a mí?
— ¡Basta! No quiero oír una palabra más. Llevo demasiado tiempo esperándote y ya no sé si te quiero o te odio.
— Mírame a la cara Candela. Mírame y dime que me vaya para siempre. Siento mucho que no me hayas podido ver en estos años. Siento mucho que Angustias te cegara y te arrastrara con ella. Es verdad que parece más fuerte que yo. Pero yo tengo una ventaja sobre ella.
— ¡Oh! ¡Una ventaja sobre la diosa Angustias!
— Y dime, ¿Cuál es esa ventaja que has tardado tanto en aventajarla?
— Mi ventaja eres tú. Sé que no quieres colaborar con ella. Sé que te obliga con malas artes y te tiene prisionera, pero si aceptas trabajar conmigo, te juro que juntas podremos vencerla. Ya llega. Decídete. Cuando ella entre por esa puerta, ya no sé cuándo podremos volver a vernos. Angustias es muy tenaz y no le gusta dejar ningún cable suelto. Vamos Candela, vamos. Sólo tienes que decidirte de una vez, y te ayudaré a cerrarle la puerta en las narices a esa mala compañera.

El timbre de la puerta volvió a sonar.

lunes, 26 de noviembre de 2007

La farola y la luna


Me desperté en mi cuarto. Estaba medio oscuro. Las persianas dejaban pasar apenas unos hilos de luz que se colaban de la farola que hay justo pegando a mi ventana. Cerradas a cal y canto para que el ruido del camión de la basura no me despierte a las tres de la mañana ni se cuelen los mosquitos atraídos por la luz. La puerta también estaba cerrada. Mi compañera de piso no es muy delicada cuando se levanta a hacer sus necesidades en mitad de la noche. La pobre padece incontinencia. Abrí los ojos sólo un poco, como cuando miras por entre los dedos una película de miedo. En realidad no era hora de despertarme. El despertador todavía no había sonado, pero el calor era insoportable. Sudaba por todas partes y aún así la sábana me cubría hasta las cejas. Hubiera querido librarme de ella de una patada, pero sentía un miedo inexplicable. De repente no estaba muy segura de que aquél fuera mi cuarto. Es como si estuviera soñando. Como si me hubiera despertado en el cuarto de otra persona siendo yo esa otra persona. Lo último que recordaba era una habitación con la claridad de la luna llena entrando por un balconcito a medio abrir y unos visillos meciéndose con la brisa del mar. Inspiré hondo. Un olor a mar y aromas de buganvillas, azahar y magnolias llenó mi olfato por completo. Estaba medio desnuda y podía sentir la sábana rozando mi pecho. Quise ir hasta el balcón para mirar la luna y contemplar el mar. Lo hacía cada madrugada. Me envolvía con un chal que me llegaba hasta los pies y me sentaba en el sillón de mimbre que había colocado justo ante el ventanal. Pero el miedo me tenía paralizada. No estaba muy segura si me encontraría con la farola o con la luna. Volví a cerrar los ojos y me sumergí en un mar de olores llenos de sal, buganvillas, azahar y magnolias.

Declaración de intenciones

Una amiga, cuyo blog es digno de leer y que está en mis favoritos, me invitó a hacer un meme sobre las ocho cosas que me gustaría llevar a cabo antes de morir. No sé si seré capaz de encuadrarlas en un número. ¡Son tantas! Sin embargo agradezco la oportunidad que me brinda para pensar en ellas. Tampoco será un meme del todo, porque mis contactos en este mundo virtual son extremadamente limitados y tan sólo invitaré a un amigo que cada día trata de exponer y exponerse con sus comentarios.
Todo es cuestión de voluntad, de fe y de amor.

Me gustaría ser hasta el final de mis días, la madre amorosa y que mis hijos supieran que pueden contar conmigo.

No perder la capacidad de sorpresa y entusiasmo ante los más insignificantes detalles que a veces pasan desapercibidos en mitad del mundanal ruido.

Superar mis frustraciones y aceptarme como soy. Sin comparaciones.

Quisiera poder perdonarme los errores cometidos y ser más benevolente conmigo misma.

Dejar de tener miedo y vivir, vivir, vivir.

Quisiera no perder nunca la fe en la humanidad por mucho daño que algunos causen al mundo y a mi misma.

No renunciar a aprender inglés por más que mis oídos y mi memoria me pongan limitaciones.

Quisiera seguir amando a mi compañero de viaje como cuando tenía trece años y seguir descubriéndole cada día y admirarle y quererle…

….Y después de muerta, me gustaría que me recordaran por lo que hice y no por lo que deseaba hacer.
Jesús, quedas invitado para compartir con nosotros las ocho cosas que te gustaría llevar a cabo antes de morir. lenguaviperina