viernes, 8 de febrero de 2008

El poder de las palabras



Nadie puede vengarse de Dios. Cuando Laura pasaba un mal día, sólo se atrevía a maldecirle. En los peores, incluso se atrevía a pensar en el suicidio. Y cuando lo pensaba no se sentía liberada de la cama a la que estaba condenada de por vida, sino que sentía un inmenso placer lleno de odio hacia ese Dios al que culpaba por haber permitido que naciera. Saboreaba la única venganza que podía llevar a cabo. “Matar a ese ser que Dios tuvo el capricho de poner en este mundo”. Ése era su pensamiento obsesivo. En esos momentos era mejor no estar cerca de Laura. Todo se volvía negro y nada la podía hacer sentirse mejor. Cualquiera diría que disfrutara con esos pensamientos. “Tengo todo el derecho a pensar lo que me plazca”, decía. Y nadie se atrevía a contradecirla. Todos sabían lo duro que era para ella ver el mundo a través de la ventana.
Se imaginaba todas las posibles formas en las que podría acabar con su existencia. Guardaría el cuchillo de la fruta. Le diría a su madre que lo había olvidado. Se cortaría las venas en la posición correcta. Había leído en algún sitio que muchos suicidas se hacen los corte en horizontal y casi siempre llegan a tiempo de salvarlos. Lo haría siguiendo la dirección de sus venas verdes que a penas se traslucían tras su piel blanca y demacrada. “Demasiado sangriento”, pensaba. Laura no quería dañar a su madre. A su madre nunca la culpó de su desgracia. “No, las venas no”. Su madre no merecía ser castigada. Bastante la había castigado ya su Dios con una hija como ella. “Con pastillas”. Laura tomaba calmantes para sus dolores, somníferos para conciliar el sueño, y otras más de distintos colores que ni siquiera le interesaban para qué eran. “Las guardaría todas durante algún tiempo, hasta que tuviera suficientes para tomarlas de una vez. Sí, las tomaría de noche mientras todos dormían para que no pudieran comprobar si estaba bien, si necesitaba la cuña, si tenía sed o quería una fruta, o cualquiera de los ofrecimientos que su madre le hacía durante el día cada pocos minutos”. Con ese plan concilió el sueño de aquella noche.
En sus días malos, Laura se relamía pensando en su muerte. Pensando en vengarse de ese Dios al que su madre le obligó rezar durante todos sus años de niña, pidiéndole por todo el mundo y agradeciendo la vida. “¿Qué vida?” pensaba Laura sin atreverse a decirlo en alto. Recitaba de carrerilla cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos la acompañan… seguida del jesusito de mi vida, eres niño como yo…Esa parte hacía que se imaginara un jesusito tumbado en una cama como ella. Después empezaba con las aves marías, el padre nuestro y el gloria. Siempre todo, en el mismo orden. Si se le olvidaba alguna oración volvía a empezar. Pero al cumplir los catorce años se negó a rezar y bastó decírselo una sola vez a su madre para que ésta no insistiera nunca más.
—No volveré a rezar a tu Dios nunca más. No quiero que vuelvas a mencionarlo en mi presencia o te juro que renegaré de Él ante el mismísimo Papa. —Su madre no volvió a mencionarlo a pesar de su pena.
Sin embargo, Laura se sorprendía hablando con Él en sus mejores días y preguntándole qué razón podía tener para haberla puesto en este mundo.
“¿Por qué, por qué, por qué?” Le preguntaba una y otra vez.
Y la respuesta le llegó a través de un correo electrónico años después. No conocía al remitente, pero lo abrió de todas formas sin dudarlo.
“Querida Laura. Tú no me conoces y yo no te conozco a ti. Tan sólo sé que escribes en un foro de poesía del que soy lector acérrimo. Con cada poema tuyo, vibro. Miro cada día a ver si aparece tu nombre para leerte. La sensualidad de tus versos me hace imaginarte de mil maneras y de mil maneras me enamoras. Hoy me he decidido a escribirte para pedirte permiso y colarme así en tu correo personal. Busqué la manera de conseguir tu dirección y lo logré gracias a otro admirador tuyo que me pidió discreción. Disculpa mi atrevimiento y mi silencio por no rebelarte su nombre.
Tus poemas me inspiran y me transforman. Cuando te leo me convierto en alguien capaz de amar más allá del cuerpo, y mi alma vuela para buscarte. Quiero encontrarme contigo en ese espacio inexistente donde las palabras son las únicas dueñas de mis sentidos y de mis sentimientos más profundos. Viviremos en nuestro mundo de las palabras donde tus poemas serán mi alimento. Quiero pedirte que seas mi Laura, la más bella, porque así te imagino y así existes en mi pensamiento. Incorpórea, intangible, eterna…Mi eterna Laura. La que me hace vibrar con tan sólo leer un poema. Mil gracias. No dejes nunca de escribir porque si lo hicieras, yo dejaría de existir”.

Aquella noche Laura rezó al Dios de su madre. Rezó al Dios al que odió porque no sabía a quién odiar. Al Dios desconocido y amado porque Dios es ese instante donde todo es posible.
Su deseo de venganza se transformó en un deseo íntimo por conocer a ese hombre que le permitía sentirse mujer aunque fuera a través de sus palabras.

El último ídolo


Después de muchos meses de espera, por fin llegó el día de la gran despedida. Una muchedumbre previsiblemente numerosa de adolescentes se agitaba impaciente a las puertas del majestuoso hotel recién construido. Era el orgullo del alcalde. Era la culminación de su obra después de conducir a su pueblo al progreso. En breves momentos, aparecería el ídolo del mes, rodeado por sus managers, sus secretarias y sus botones particulares, enfundado en una maravillosa camiseta que dejaría al descubierto sus músculos recién abrillantados y unas gafas oscuras de diseño que cubrirían sus ojos y unos vaqueros de marca que marcaban sus encantos.
Por unos segundos sus oídos se llenarán de vanidad mientras las gargantas de cientos de jóvenes gritan su nombre intentando cada una, que su voz se oiga por encima de las otras voces. Todas le aclamarán con la esperanza íntima de que sea su voz la que se convierta en el zapato de Cenicienta.
Bajo esos pechos incipientes late un corazón todavía inocente. Todas comparten el mismo secreto oculto entre sus voces. Cada una alberga la esperanza de que una simple mirada cambie su vida para siempre. Todas creen en el milagro de convertirse en la elegida. Todas cruzan los dedos y se empujan a codazos para ser las primeras. Unas gritan desesperadas ante el tiempo que se les acaba para conseguir su sueño.
El ídolo está ya en la puerta del gran Hotel. Tan sólo unos metros le separan de su limusina blanca recién estrenada también. Tan sólo unos pasos para seguir manteniendo el sueño vivo. Algunas gritan agitando las manos por encima de sus cabezas, para que al menos si no puede oírlas pueda verlas. Otras se estiran con peligro de descoyuntar sus cuerpos para intentar que sus dedos puedan rozar su camiseta.
María también quiso gritar. Tenía ensayado su nombre de tanto nombrarlo en esas noches en las que se quedaba despierta imaginando que su ídolo se quedaba prendado de ella en la puerta del nuevo hotel, imaginando su cuerpo rodeado por los brazos de su ídolo, imaginando su primer beso con él. No podía ser con otro. Pedro era guapo y la quería, pero él…Él era el mejor.
Sintió ganas de gritar con fuerza ese nombre que tanto amaba, y antes de que su timidez se lo impidiera, su ídolo se difuminó tras los cristales ahumados de su limusina blanca. Su ídolo se alejaba a toda velocidad envolviendo sus sueños, sus ilusiones, sus esperanzas, sus fantasías y las fantasías y las esperanzas y las ilusiones y los sueños de todas sus amigas y de todas las bocas que se habían atrevido a gritar su nombre.
En una nube polvorienta que resecó todas las gargantas, el zapato de Cenicienta se quedó tirado en la carretera, cubierto de polvo. Ninguna se atrevió a ir a recogerlo. Cada una lo ignoraba a su manera. Algunas se reunían en pandillas para que les fuera más fácil esconder su decepción y pasaban del amor al odio y a no volver a comprar un solo disco más de ese creído que no había tenido la decencia de saludarlas. Otras reunían el poco orgullo que les quedaba y emprendían el camino de vuelta a casa con prisas para reanudar su trabajo cotidiano. Otras lloraban su desconsuelo abiertamente ante las burlas de los chicos del pueblo que se doblaban de la risa y hacían más insoportable su rabia y su pena.
María siguió con su mirada el reguero de polvo y lágrimas que iba dejando su ídolo sin mirar atrás, sin ni siquiera dedicarles una sonrisa antes de partir hacia otro lugar del mundo. Ignoró todas sus voces con la facilidad del que está acostumbrado a escucharlas en cada pueblo. Pensó que todas les resultarían iguales. Las voces no tenían cara, y ella se sintió de repente como un fantasma. Emprendió el camino a casa siguiendo el rastro de polvo que había dejado el que sería su último ídolo. Ahí mismo se juró que jamás volvería a tener uno. Se juró arrancar todos los posters que tenía colgados en sus paredes y las adornaría con las fotos de su hermana pequeña que era mucho más guapa que ese engreído.
Pasó por encima del zapato de Cenicienta y le dio un puntapié con todas sus fuerzas. Ella era María, la del prao de arriba, y sus alpargatas valían mucho más que un zapato perdido en mitad de un camino. Subió su mentón con orgullo y se olvidó de Cenicienta. Su madre y su padre la querían y sus hermanas la esperaban en casa para comer.
Casi a la salida del pueblo donde se separan los caminos, una limusina blanca estaba rodeada por un rebaño de ovejas que la tenían prisionera. María estuvo tentada de girar sobre sus talones e ignorar aquella escena surrealista de sus ovejas amenazando al gran ídolo de masas. Pero María no estaba acostumbrada a ignorar a nadie. Llamó de un silbido al pastor, que de un salto se despertó de su siesta matutina. El pastor a su vez llamó a su perro y entre todos consiguieron que el rebaño volviera al redil. La limusina blanca volvió a levantar el polvo del camino, pero esta vez, María se lo sacudió de un solo manotazo.

jueves, 6 de diciembre de 2007

Reflejo luminoso




Clara durmió muy inquieta aquella noche. Su madre la oía revolverse en la cama una y otra vez. Su respiración se hacía cada vez más jadeante y parecía como si en cualquier momento fuera a despertar. Todos sabían que no debían interrumpir los sueños de Clara. Los médicos habían aconsejado que dejaran que aquellos episodios transcurrieran sin molestarla. Para la madre de Clara era muy difícil convertirse en una mera espectadora del sufrimiento de su hija. La veía abriendo y cerrando su boca como si el aire no pudiera entrar en sus pulmones. Estiraba sus brazos en vano, en busca de algo que desde luego no estaba allí. Parecía que sus piernas quisieran echar a correr y sin embargo por mucho que lo deseara, no se movería de su cama.
Sofía, mejor que nadie, sabía que no debía despertarla, porque, tal vez, podría quedar atrapada en su vuelta a la conciencia. Sabía también que además no serviría de nada traerla de vuelta. Fuera lo que fuera lo que Clara estuviera viendo ya no podía evitarse. Aún así lo único que deseaba era poder aliviar cuanto antes el sufrimiento de su hija. Con toda la suavidad de la que sólo una madre es capaz, se sentó en el borde de su cama y posó su mano en la frente de su hija. Casi al instante Clara abrió los ojos. Tenía la mirada perdida y todavía respiraba con dificultad. Todavía tardaría unos minutos en conseguir que su cuerpo reconociera que estaba de vuelta en su cama. Con una gran esfuerzo se incorporó con la ayuda de su madre y estalló en sollozos entre sus brazos
.
- Debes tranquilizarte Clara. ¿Qué ha sido esta vez?

Clara le contó con la voz entrecortada cómo Augusto, el jardinero de su escuela, era tragado por el río. Su coche patinaba sin piedad por una carretera solitaria, y sus luces se apagaban para siempre en el fondo del agua. Ella quería gritar para despertarle, pero no podía. Él no pudo oír su voz y se ahogó en mitad de la noche. Ella quería ayudarle, quería salvarle, pero cada vez que intentaba llamarle por su nombre, todos sus esfuerzos eran en vano. Su voz no salía por su garganta por mucho que ella se empeñaba. Era como si de repente se hubiera quedado muda.

- ¿Viste ayer a Augusto en la escuela? Le preguntó su madre casi temiendo la respuesta.

Clara clavó sus ojos en los de su madre y su madre la abrazó con toda la fuerza que da el sentir un mismo dolor.

- ¿Viste algún reflejo luminoso a su alrededor, Clara?

- ¿Por qué me preguntas eso? Siempre me habías dicho que esos reflejos no tenían nada que ver con mis sueños. ¿No es así?

Sofía se acurrucó en la cama con su hija y pensó que había llegado la hora de descubrirle los dones con los que había nacido y con los que tendría que aprender a vivir el resto de su vida.

martes, 4 de diciembre de 2007

Viejas conocidas




Mientras mantenía su postura favorita de yoga, sonó el timbre. Colocó entonces los pies en el suelo y la cabeza volvió a tomar el lugar que le correspondía.

“¡Qué fastidio! He de buscarme un lugar donde nadie pueda encontrarme, al menos durante una hora al día.” Y bajó rápidamente la escalera que la separaba de la entrada.

“No sé por qué he de abrir la puerta siempre que llaman. Podría haber ignorado su llamada. En fin. Ya está hecho. Ya han conseguido desconcentrarme.”

— ¡Hola Candela! ¿A qué no me esperabas?
—Pues… Pues, francamente no. En realidad jamás habría dicho que podrías ser tú. Me…, me alegro de verte.—Lo dijo sin mucha convicción.
— ¿Puedo pasar, o me vas a dejar en la puerta todo el día?
— Claro, adelante. Estaba haciendo mis ejercicios de relajación. Ya sabes. Esos que con tanto empeño querías que aprendiera. Y ahí estaba, cabeza abajo intentando pensar en ti.
— ¿En mí? ¿Es que no has aprendido nada después de tantos años?
— ¿Quieres algo?
— Sí. En realidad quería saber cómo te encontrabas. Hace tiempo que no sé nada de ti. No me escribes, ni me llamas, ni siquiera he oído hablar a nuestros amigos sobre algo nuevo en lo que estés metida. A ti siempre te ha gustado estar metida en algo, ¿no es así?
—Será que no he encontrado nada a mi medida últimamente. Nadie puede estar siempre trabajando al cien por cien. ¿No crees? Esas son palabras tuyas.
—Candelita, Candelita. Permíteme que te diga algo. Espero que no me lo tomes a mal.
—Tú dirás. Después de tanto tiempo sin vernos, al menos me alegro que tengas algo que decirme.
— No te he visto por el club de la risa.
— ¡Ah! Es eso. Ya no tengo ganas de reírme desde el estómago. Prefiero reírme de algo que de verdad me haga gracia.
—Sí, eso está muy bien, pero el caso es que no te ríes de nada.
— ¿Acaso me estás espiando?
— No, claro que no. Yo no me dedico a espiar a la gente. Sólo la acompaño cuando tiene ganas de divertirse, o de saborear un buen capuchino, o ir a ver una película de estreno, o estar presente en esas reuniones de amigos que tanta energía generan, o en la cama con un buen amante… ¿No me has echado de menos?
—Bueno, la verdad es que hace tiempo que no hago ninguna de esas cosas, así que supongo que no he tenido tiempo de echarte de menos.
— Pues yo a ti sí. Por eso he venido. Una compañera mía, bueno ya sabes a quien me refiero. No es que seamos compañeras, pero a ella le gusta llamarme así. Pues, esa que siempre anda metiéndose en todo, cuando me vio el otro día haciendo el recuento de mis alumnos, me echó una sonrisa maliciosa y con su sentido sádico del humor comenzó a contar a todos y al llegar a tu hueco me dijo:
— Ésta ya es mía.
—Ya. Y tú claro, saliste corriendo en mi busca. Te recuerdo que llevamos sin vernos… ¿Cuánto? Un año, dos. ¡Por favor!, ¿de verdad quieres hacerme creer a estas alturas que te importo? Tu compañera ha hecho un buen trabajo. No creo que puedas hacer nada más. Ya has hecho bastante. Esta vez ella te ha ganado la partida. Honestamente, he de decir que ha jugado sus cartas con mucha mayor habilidad que tú. No me ha dejado ni a sol ni a sombra. Allí donde había algo por lo que llorar ella aparecía en primera fila.
—Y tú la seguías. Nunca me miraste. Yo también estaba allí, y me ignoraste. No pretendas ahora echarnos la culpa a los demás.
—¡Oh no! Perdone usted, señora sabelotodo.¡Mi deber era estar atenta a todas las señales! Usted disculpe por haberme equivocado de camino. Disculpe por haber sufrido, disculpe por no haberla visto entre tanta inmundicia como me ha rodeado.
— No hay duda de que me odias. Tal vez sería mejor que me fuera.
—Sí será lo mejor. Total, Angustias vendrá enseguida y no creo que le haga gracia verte aquí.
— ¿Eso es todo Candela? ¿Ni siquiera me vas a invitar a un café? Aunque sea por los viejos tiempos.
— Estoy demasiado cansada. Ahora es Angustias la que manda. Si llegara ahora y me viera tomando un café contigo se enfadaría muchísimo y tengo miedo a que pueda ponérmelo todavía más difícil.
— ¿Más aún? Tienes la piel gris, el pelo se te está cayendo a mechones, no hay expresión alguna en tu rostro. Estoy aquí para ayudarte.
— Ya he dicho que te vayas. Has tenido mucho tiempo para venir hasta mí. Ahora es demasiado tarde. Vete de una vez. Vete antes de que venga y tenga que echarte yo misma.
— No me iré Candela. Aunque no lo creas, he venido cada día a tu puerta, y no me has abierto. Siempre estabas demasiado ocupada en algo que debías hacer. Pero ahora, por alguna razón, o tal vez por muchas razones, me has permitido entrar en tu casa.
— No te hagas ilusiones. Tan sólo me has pillado desprevenida. Creí que sería el cartero.
— ¿Puedes abrir al cartero y no puedes abrirme a mí?
— ¡Basta! No quiero oír una palabra más. Llevo demasiado tiempo esperándote y ya no sé si te quiero o te odio.
— Mírame a la cara Candela. Mírame y dime que me vaya para siempre. Siento mucho que no me hayas podido ver en estos años. Siento mucho que Angustias te cegara y te arrastrara con ella. Es verdad que parece más fuerte que yo. Pero yo tengo una ventaja sobre ella.
— ¡Oh! ¡Una ventaja sobre la diosa Angustias!
— Y dime, ¿Cuál es esa ventaja que has tardado tanto en aventajarla?
— Mi ventaja eres tú. Sé que no quieres colaborar con ella. Sé que te obliga con malas artes y te tiene prisionera, pero si aceptas trabajar conmigo, te juro que juntas podremos vencerla. Ya llega. Decídete. Cuando ella entre por esa puerta, ya no sé cuándo podremos volver a vernos. Angustias es muy tenaz y no le gusta dejar ningún cable suelto. Vamos Candela, vamos. Sólo tienes que decidirte de una vez, y te ayudaré a cerrarle la puerta en las narices a esa mala compañera.

El timbre de la puerta volvió a sonar.

lunes, 26 de noviembre de 2007

La farola y la luna


Me desperté en mi cuarto. Estaba medio oscuro. Las persianas dejaban pasar apenas unos hilos de luz que se colaban de la farola que hay justo pegando a mi ventana. Cerradas a cal y canto para que el ruido del camión de la basura no me despierte a las tres de la mañana ni se cuelen los mosquitos atraídos por la luz. La puerta también estaba cerrada. Mi compañera de piso no es muy delicada cuando se levanta a hacer sus necesidades en mitad de la noche. La pobre padece incontinencia. Abrí los ojos sólo un poco, como cuando miras por entre los dedos una película de miedo. En realidad no era hora de despertarme. El despertador todavía no había sonado, pero el calor era insoportable. Sudaba por todas partes y aún así la sábana me cubría hasta las cejas. Hubiera querido librarme de ella de una patada, pero sentía un miedo inexplicable. De repente no estaba muy segura de que aquél fuera mi cuarto. Es como si estuviera soñando. Como si me hubiera despertado en el cuarto de otra persona siendo yo esa otra persona. Lo último que recordaba era una habitación con la claridad de la luna llena entrando por un balconcito a medio abrir y unos visillos meciéndose con la brisa del mar. Inspiré hondo. Un olor a mar y aromas de buganvillas, azahar y magnolias llenó mi olfato por completo. Estaba medio desnuda y podía sentir la sábana rozando mi pecho. Quise ir hasta el balcón para mirar la luna y contemplar el mar. Lo hacía cada madrugada. Me envolvía con un chal que me llegaba hasta los pies y me sentaba en el sillón de mimbre que había colocado justo ante el ventanal. Pero el miedo me tenía paralizada. No estaba muy segura si me encontraría con la farola o con la luna. Volví a cerrar los ojos y me sumergí en un mar de olores llenos de sal, buganvillas, azahar y magnolias.

Declaración de intenciones

Una amiga, cuyo blog es digno de leer y que está en mis favoritos, me invitó a hacer un meme sobre las ocho cosas que me gustaría llevar a cabo antes de morir. No sé si seré capaz de encuadrarlas en un número. ¡Son tantas! Sin embargo agradezco la oportunidad que me brinda para pensar en ellas. Tampoco será un meme del todo, porque mis contactos en este mundo virtual son extremadamente limitados y tan sólo invitaré a un amigo que cada día trata de exponer y exponerse con sus comentarios.
Todo es cuestión de voluntad, de fe y de amor.

Me gustaría ser hasta el final de mis días, la madre amorosa y que mis hijos supieran que pueden contar conmigo.

No perder la capacidad de sorpresa y entusiasmo ante los más insignificantes detalles que a veces pasan desapercibidos en mitad del mundanal ruido.

Superar mis frustraciones y aceptarme como soy. Sin comparaciones.

Quisiera poder perdonarme los errores cometidos y ser más benevolente conmigo misma.

Dejar de tener miedo y vivir, vivir, vivir.

Quisiera no perder nunca la fe en la humanidad por mucho daño que algunos causen al mundo y a mi misma.

No renunciar a aprender inglés por más que mis oídos y mi memoria me pongan limitaciones.

Quisiera seguir amando a mi compañero de viaje como cuando tenía trece años y seguir descubriéndole cada día y admirarle y quererle…

….Y después de muerta, me gustaría que me recordaran por lo que hice y no por lo que deseaba hacer.
Jesús, quedas invitado para compartir con nosotros las ocho cosas que te gustaría llevar a cabo antes de morir. lenguaviperina

jueves, 25 de octubre de 2007

El Pisuerga

Miró a Rodrigo despanzurrado en la cama. Miró sus calzoncillos y se preguntó por qué los llevaba puestos. En sus citas siempre dormían desnudos. ¿Cuánto tiempo llevaban juntos? ¿Tres meses? ¿Qué vendría después? Se imaginó envuelta en una bata de guata al lado de un hombre con pijama de rayas. Le aterró la idea. Necesitaba estar sola aunque fuera por unos días.

Pensó en alguna ciudad que no hubiera visitado nunca. Una ciudad donde los recuerdos de sus múltiples amantes no pudieran asaltarla en cualquier esquina.

Tecleó en su ordenador “Valladolid”. Buscó un hotel que pudiera encontrar sin demasiada dificultad, y encontró uno en plena Plaza Mayor. El hotel Zenit Imperial. Un edificio que databa del siglo XVI. Era perfecto. El casco antiguo de las ciudades eran su debilidad. Comprobó la disponibilidad y reservó una habitación.
Se puso de camino cuando el sol ya había salido.

“Si algún día nos volvemos a encontrar será para no separarnos nunca. Hasta entonces.”
Lola.

Colocó la nota junto a la cafetera. Lo primero que hacía Rodrigo al levantarse era tomar un café.

La temperatura no podía ser mejor. Era un día cálido de octubre. Las únicas nubes estaban en su cabeza. Bajó la ventanilla para que el aire la despejara.
A mitad de camino paró en un área de servicio para fumarse un cigarrillo y tomar un café bien cargado. Una hora y media sin fumar era demasiado para ella.
Aparecieron los primeros carteles indicando “Plaza Mayor”. ¡Ahí estaba! La Plaza se abrió ante ella. En la web había leído que el parking más cercano al hotel se encontraba precisamente ahí. Lo que nunca imaginó es que tuviera que atravesarla con su coche. Sintió pudor al imaginarse en el interior del vehículo, interrumpiendo el paseo de los transeúntes. Sin embargo, siguió las indicaciones y entró en el subterráneo.
Cruzó la plaza arrastrando su maleta y se dirigió al hotel. Estaba justo al lado del ayuntamiento a escasos metros del parking.
Arrastrar la maleta sin un compañero al lado, la hizo tropezar. El momento con el recepcionista no fue tan glorioso como ella imaginó. Hacía muchos años que no pedía una habitación individual. Antes de pasar la tarjeta por el lector, cogió el móvil entre sus manos y comenzó a marcar el nº de Rodrigo. Colgó antes de escuchar la señal. Tan sólo hacía unas horas que le había dejado plácidamente durmiendo. Seguro que él todavía no la echaba de menos. Se aseó un poco y sin deshacer el equipaje, salió de nuevo a la plaza. Le resultó extraño no poder decir en voz alta cuánto le gustaban aquellas fachadas pintadas de rojo vigoroso o discutir con alguien sobre si tomar un café bajo los arcos o bajo las sombrillas, o dónde y cuándo ir a comer.
Lo primero que llamó su atención fue una esquina rodeada por obras. Trató de darle la espalda a ese muro rodeado de cintas rojas y blancas, y contemplar el resto de la plaza. Se dirigió justo al centro sin saber muy bien cómo colocar sus brazos. Su mano derecha buscó instintivamente otra mano.

Calculó mentalmente las dimensiones del recinto. Era menor sin duda que la Plaza Mayor de Madrid o la de Salamanca, pero era la Plaza Mayor más bonita que hubiera visto. La miraba sólo con sus ojos. Llegó hasta la estatua central en honor al fundador de la ciudad, el conde Ansúrez. Allí en medio, contempló el ayuntamiento, y el teatro Zorrilla. Pensó en don Juan Tenorio y en todos los don Juanes que habían pasado por su vida. Pensó en Rodrigo, en su voz cuando la decía te quiero al oído mientras mordisqueaba su oreja. Un escalofrío recorrió su espalda. Volvió a echar de menos su mano y su voz. Cruzó el empedrado y se sentó en una mesa sin sombrilla. Hubiera preferido las mesas colocadas bajo los preciosos arcos, pero quería que el sol le diera de lleno. Ese sol que a principios de octubre parece que fuera a acabarse. No quería perder la oportunidad de volver a sentirlo en su piel antes de que el invierno se lo llevara. Bebió su café con parsimonia. Atisbó las primeras callejuelas que desembocaban en la plaza. Le vino un ligero olor a montaditos, pinchos, tostas…y le rugieron las tripas. Se fumo otro cigarrillo para engañar al hambre hasta que se decidiera a tener que entrar sola, en una de esas tabernas que adivinaba llenas de gente riendo y charlando y bebiendo vinitos. Optó por un restaurante cercano al hotel que anunciaba comida castellana.
Ocupó una mesa alejada de la entrada. Pidió vino y se dejó aconsejar en la elección del menú. Cuando estaba acompañada nunca le parecía extraño ver comer a una persona sola en una mesa. Los miraba igual que miraba a los que comían en familia o en pareja o en grupos. Eran uno más. Sin embargo, ella se sentía observada por las mesas contiguas. Se encendió otro cigarrillo. Se sintió menos sola, menos observada, más tranquila, más segura. El poder que transfería a su vicio preferido, era como la pluma de Dumbo. Con el humo se disipaban las miradas furtivas y el mundo dejaba de mirarla.

Pasó por el hotel para refrescarse un poco y volver a salir a esa ciudad que debía ser su única compañera durante el fin de semana. Estuvo tentada por segunda vez de volver a llamar a Rodrigo, pero no se atrevió. En vez de eso, echó una ojeada al mapa que el recepcionista le había entregado junto con la llave de la habitación. Una enorme mancha verde llamó su atención. “Campo Grande”. Antes de dirigirse hacia allí, quiso tomarse un café bajo los arcos de la plaza. No se podía resistir a sentir el paso del tiempo sobre su cabeza. Contempló una pareja de avanzada edad, bien vestida. Él con un elegante bastón apoyado en la silla. Ella con uno de esos peinados cardados y unos enormes pendientes haciendo juego con un collar de perlas. Lola se estiró en su silla y trató de imaginarse dentro de treinta años. No pudo.
Se encaminó al Campo Grande por la calle Santiago, atravesando la plaza Zorrilla. Ahí estaba de nuevo don Juan Tenorio. “¿Sería ella un don Juan que necesitaba a los hombres para demostrar lo mujer que era?”
Llegó hasta el parque repasando el nombre de todos los amantes que había tenido y se le pasó así la oportunidad de mirar los flamantes escaparates llenos de ropa de marca. Había deseado con todas sus fuerzas que Rodrigo fuera el último. Estaba cansada de descubrir qué le gustaba a cada uno de ellos. Cansada del cine subtitulado de Adrián, los conciertos interminables de Iván, los partidos de baloncesto de Iñaqui, la literatura francesa del siglo XVIII que le recitaba Maurice a todas horas. Cansada de adivinar qué le apetecería cenar a Javier cuando le invitaba a su casa...
“Rodrigo era diferente”. Es como si necesitara repetírselo para creérselo. A él le gustaba la acampada libre y aunque ella siempre había preferido una buena cama y un baño caliente a los sacos de dormir y al agua helada de los ríos, no podía resistirse a ese te quiero que Roberto le susurraba en su oído mientras mordisqueaba su oreja debajo de una manta, mientras miraban las estrellas tiritando de frío.
Se detuvo unos momentos y sacó de su bolso la cámara de fotos. Entonces, fijó su atención en el fascinante mosaico de flores que se abría ante ella. Comenzó a fotografiarlas desde todos los ángulos posibles. De lejos, de cerca, agachada, de pie… Sabía de antemano que cuando las contemplara en su ordenador, no podría olerlas, ni acariciarlas, ni volver a sentir lo que sentía en esos momentos. Aún así, siguió apretando el botón.
Faisanes, pájaros de todos los colores, palomas, pavos reales…Quería atraparlos a todos con su objetivo.
De vuelta, paró en una placita donde se tomó una cerveza bien fría. Estaba anocheciendo, y Valladolid empezó a llenarse de gente. Le sorprendió, a medias, la elegancia con la que vestían. A medias porque siempre había oído decir lo refinados que eran los vallisoletanos. Se echó una mirada a sí misma y dio por bueno su atuendo. La plaza mayor a esas horas de la tarde no parecía la misma plaza. Las terrazas estaban a reventar. Se metió por las callejuelas en busca de algo para cenar. Montones de tascas se sucedían con gente dentro y fuera, tomando bebidas y raciones, y cantando y charlando animadamente. Sólo ella parecía estar sola. No se atrevió a entrar en ninguno de esos bares. Miró con envidia a los jóvenes. Escuchaba sus risas, sus empujones de complicidad, sus brindis. Parecía otra ciudad diferente por la que había estado paseando todo el día. Con el hambre de la cena sin satisfacer, volvió sobre sus pasos al hotel. Ocupó una mesa con un candil apagado que enseguida el camarero prendió con su mechero. Un hombre de mediana edad tocaba el piano. Sus miradas se cruzaron, y él la sonrió esperando que ella le devolviera la sonrisa.

“Siempre quise aprender a tocar el piano”, le dijo tomando una última copa. Después de todo, prefería los hoteles, a la acampada. ¿Preferiría también aquellos dedos de pianista a la voz de Rodrigo susurrando te quiero en su oído mientras le mordisqueaba la oreja? Todavía le quedaba un día para averiguarlo aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid.