martes, 4 de diciembre de 2007

Viejas conocidas




Mientras mantenía su postura favorita de yoga, sonó el timbre. Colocó entonces los pies en el suelo y la cabeza volvió a tomar el lugar que le correspondía.

“¡Qué fastidio! He de buscarme un lugar donde nadie pueda encontrarme, al menos durante una hora al día.” Y bajó rápidamente la escalera que la separaba de la entrada.

“No sé por qué he de abrir la puerta siempre que llaman. Podría haber ignorado su llamada. En fin. Ya está hecho. Ya han conseguido desconcentrarme.”

— ¡Hola Candela! ¿A qué no me esperabas?
—Pues… Pues, francamente no. En realidad jamás habría dicho que podrías ser tú. Me…, me alegro de verte.—Lo dijo sin mucha convicción.
— ¿Puedo pasar, o me vas a dejar en la puerta todo el día?
— Claro, adelante. Estaba haciendo mis ejercicios de relajación. Ya sabes. Esos que con tanto empeño querías que aprendiera. Y ahí estaba, cabeza abajo intentando pensar en ti.
— ¿En mí? ¿Es que no has aprendido nada después de tantos años?
— ¿Quieres algo?
— Sí. En realidad quería saber cómo te encontrabas. Hace tiempo que no sé nada de ti. No me escribes, ni me llamas, ni siquiera he oído hablar a nuestros amigos sobre algo nuevo en lo que estés metida. A ti siempre te ha gustado estar metida en algo, ¿no es así?
—Será que no he encontrado nada a mi medida últimamente. Nadie puede estar siempre trabajando al cien por cien. ¿No crees? Esas son palabras tuyas.
—Candelita, Candelita. Permíteme que te diga algo. Espero que no me lo tomes a mal.
—Tú dirás. Después de tanto tiempo sin vernos, al menos me alegro que tengas algo que decirme.
— No te he visto por el club de la risa.
— ¡Ah! Es eso. Ya no tengo ganas de reírme desde el estómago. Prefiero reírme de algo que de verdad me haga gracia.
—Sí, eso está muy bien, pero el caso es que no te ríes de nada.
— ¿Acaso me estás espiando?
— No, claro que no. Yo no me dedico a espiar a la gente. Sólo la acompaño cuando tiene ganas de divertirse, o de saborear un buen capuchino, o ir a ver una película de estreno, o estar presente en esas reuniones de amigos que tanta energía generan, o en la cama con un buen amante… ¿No me has echado de menos?
—Bueno, la verdad es que hace tiempo que no hago ninguna de esas cosas, así que supongo que no he tenido tiempo de echarte de menos.
— Pues yo a ti sí. Por eso he venido. Una compañera mía, bueno ya sabes a quien me refiero. No es que seamos compañeras, pero a ella le gusta llamarme así. Pues, esa que siempre anda metiéndose en todo, cuando me vio el otro día haciendo el recuento de mis alumnos, me echó una sonrisa maliciosa y con su sentido sádico del humor comenzó a contar a todos y al llegar a tu hueco me dijo:
— Ésta ya es mía.
—Ya. Y tú claro, saliste corriendo en mi busca. Te recuerdo que llevamos sin vernos… ¿Cuánto? Un año, dos. ¡Por favor!, ¿de verdad quieres hacerme creer a estas alturas que te importo? Tu compañera ha hecho un buen trabajo. No creo que puedas hacer nada más. Ya has hecho bastante. Esta vez ella te ha ganado la partida. Honestamente, he de decir que ha jugado sus cartas con mucha mayor habilidad que tú. No me ha dejado ni a sol ni a sombra. Allí donde había algo por lo que llorar ella aparecía en primera fila.
—Y tú la seguías. Nunca me miraste. Yo también estaba allí, y me ignoraste. No pretendas ahora echarnos la culpa a los demás.
—¡Oh no! Perdone usted, señora sabelotodo.¡Mi deber era estar atenta a todas las señales! Usted disculpe por haberme equivocado de camino. Disculpe por haber sufrido, disculpe por no haberla visto entre tanta inmundicia como me ha rodeado.
— No hay duda de que me odias. Tal vez sería mejor que me fuera.
—Sí será lo mejor. Total, Angustias vendrá enseguida y no creo que le haga gracia verte aquí.
— ¿Eso es todo Candela? ¿Ni siquiera me vas a invitar a un café? Aunque sea por los viejos tiempos.
— Estoy demasiado cansada. Ahora es Angustias la que manda. Si llegara ahora y me viera tomando un café contigo se enfadaría muchísimo y tengo miedo a que pueda ponérmelo todavía más difícil.
— ¿Más aún? Tienes la piel gris, el pelo se te está cayendo a mechones, no hay expresión alguna en tu rostro. Estoy aquí para ayudarte.
— Ya he dicho que te vayas. Has tenido mucho tiempo para venir hasta mí. Ahora es demasiado tarde. Vete de una vez. Vete antes de que venga y tenga que echarte yo misma.
— No me iré Candela. Aunque no lo creas, he venido cada día a tu puerta, y no me has abierto. Siempre estabas demasiado ocupada en algo que debías hacer. Pero ahora, por alguna razón, o tal vez por muchas razones, me has permitido entrar en tu casa.
— No te hagas ilusiones. Tan sólo me has pillado desprevenida. Creí que sería el cartero.
— ¿Puedes abrir al cartero y no puedes abrirme a mí?
— ¡Basta! No quiero oír una palabra más. Llevo demasiado tiempo esperándote y ya no sé si te quiero o te odio.
— Mírame a la cara Candela. Mírame y dime que me vaya para siempre. Siento mucho que no me hayas podido ver en estos años. Siento mucho que Angustias te cegara y te arrastrara con ella. Es verdad que parece más fuerte que yo. Pero yo tengo una ventaja sobre ella.
— ¡Oh! ¡Una ventaja sobre la diosa Angustias!
— Y dime, ¿Cuál es esa ventaja que has tardado tanto en aventajarla?
— Mi ventaja eres tú. Sé que no quieres colaborar con ella. Sé que te obliga con malas artes y te tiene prisionera, pero si aceptas trabajar conmigo, te juro que juntas podremos vencerla. Ya llega. Decídete. Cuando ella entre por esa puerta, ya no sé cuándo podremos volver a vernos. Angustias es muy tenaz y no le gusta dejar ningún cable suelto. Vamos Candela, vamos. Sólo tienes que decidirte de una vez, y te ayudaré a cerrarle la puerta en las narices a esa mala compañera.

El timbre de la puerta volvió a sonar.